Se han pasado el verano acojonando al personal con alertas por la caló (les gusta más una alerta roja que a un tonto una tiza), y para una vez que han podido lucirse, la DANA valenciana, ha pasado como en el cuento del lobo. Me refiero a los saltimbanquis/as que han convertido una ciencia, la meteorología, en un espectáculo circense, que lo único que les falta es comenzar sus intervenciones como aquellos genios que hubo: “¿Cómo están ustedeeees?” Tendrían que aprender del profesor Jorge Olcina (COPE) y de José Miguel Viñas (Rne), o de Mario Picazo, físicos todos, unos señores que tratan la meteorología con un rigor y una seriedad que da gusto, no como esa pandilla de histriones/as, ya digo, que parece que fueran ellos los hacedores del clima. Así les ha lucido el pelo con la “DANA más catastrófica del siglo”, que es como titulan ‘los otros’ a todas horas, tal que si estuviéramos ya en el 2099.
Dice José Antonio Maldonado, físico también, que no entiende por qué se tardó tanto en alertar a la población, si había un aviso rojo. ‘Pos’ muy sencillo: porque los saltimbanquis se han cargado la credibilidad de las ciencias meteorológicas, y cuando ha llegado el lobo, nadie se lo ha creído.
Yo no digo que sea fácil prevenir una catástrofe semejante, pero creo que algo más se podría haber hecho. No ha muchas semanas, ante la llegada de un huracán pavoroso, Milton le llamaron, los americanos movieron con suficiente antelación a varios millones de personas; luego la cosa no fue para tanto, pero al menos los muertos se pudieron contar con los dedos de las manos y los pies. ¿Por qué no se hizo algo parecido con la DANA del Levante, siquiera unas horas antes? ¿Qué hacían las carreteras atestadas de coches cuando se desató el diluvio?
Me lo contaron anteayer, hablando de la riada del 57, aquélla que dejó asolada la ciudad de Valencia (nada nuevo bajo el sol): “Yo tenía once años y me acuerdo de que el cielo se puso negro y como si se nos fuera a caer encima; mi madre se puso a llorar y a rezar, al tiempo que encendía velas y más velas”. Supongo que algo parecido debió de ocurrirle a lo cielos en esta ocasión. Lo que quiere decir que, sólo con mirar a las nubes, algo se hubiese podido conseguir.
Dejemos en paz a los meteorólogos, que ya tienen para hoy, y vayamos con los otros.
Si ‘los del tiempo’ no han estado a la altura requerida, hay otro colectivo cuya conducta ha sido de juzgado de guardia, los políticos, a los cuales les ha faltado tiempo, los muertos aún calientes, para empezar a echarse las culpas los unos a los otros. Se trata, sí, del comportamiento más abyecto y repugnante que imaginarse pueda.
Dice el Génesis que Sodoma fue destruida porque no había ni diez personas decentes en la ciudad. Que se ande al cuidado ‘la ciudad’ de los políticos.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...