El santo patrón del columnismo, Umbral, cuando el personal mayoritario escribía de un mismo tema, daba media vuelta y nos brindaba un brillante artículo sobre cualquiera otra cosa. No hacía sino seguir el consejo de Cela, ya saben: “Cuando huele mucho a algo, el secreto no es oler más, sino oler distinto”. Hoy, uno hubiera querido seguir la senda de Umbral y de Cela, pero me ha resultado imposible: es tan atronador el olor que exhalan las confesiones de Aldama, que no puedo por menos que dedicarle unas palabras, siquiera sea para decirles que comprendo a la perfección cómo estarán viviendo la situación muchos votantes socialistas: justamente igual que yo viviera en su tiempo, el que cierto periódico publicase, día sí, día no, declaraciones del Aldama de entonces, José Amedo se llamaba, sobre los entresijos delincuenciales de los GAL, secundado por un tal Domínguez, policías ambos.
¿Que qué sentía yo entonces? Se lo resumo: Amedo era a mis ojos un villano, chulo y altanero; y los periodistas que se dedicaban a hurgar en el asunto, unos canallas del “sindicato del crimen”, nombre que se encargó de acuñar Rubalcaba, que era un punto filipino. A lo del GAL podríamos añadirle lo de Roldán, lo de la RENFE, lo del BOE, lo del pobre Mariano Rubio, lo de Narcis Serra y sus espionajes, y por ahí seguido.
Pues bien, a pesar de todo lo cual, el día en que Felipe González fuese llamado a declarar ante un tribunal, de buena gana les hubiera retorcido el pescuezo al tal Amedo y a los periodistas que se empeñaron en ello, mayormente Pedro Jota, Casimiro García Abadillo y Manuel Celdrán, que a la postre resultarían impecables profesionales, mayormente los últimos.
Tengan en cuenta que para mí Felipe González era una figura intocable. Supongo que así verán muchos de los suyos a Pedro Sánchez, razón por la cual, por no herir sensibilidades, no me atrevo a escribir que me gustaría verlo desaparecer cuanto antes (de la presidencia). ¿Por la insoportable gravedad de tanto desafuero? Sí, pero sobre todo por una cosa: por haberse echado en brazos de los que pretenden destruir el Estado, o sea, España. (Observen que hay una llamativa diferencia entre González y Sánchez, a saber: al primero, la corrupción le llegó hasta la puerta de casa; al segundo, le ha inundado el zaguán, e incluso el dormitorio: Carmen Romero nunca fue imputada y ningún hermano de Felipe fue nombrado ‘hijo adoptivo’ de una Diputación.)
¡Maldición! Yo quería hablarles de “una obra franquista” y por culpa de Aldama me he quedado sin renglones. Lo escuché en la radio a una joven periodista, a cuyo nombre no quiero acercarme (la pondría como un poleo). Hablando de la horrenda DANA valenciana, cuando salió a relucir la magna obra llamada Plan Sur, que desvió el cauce del Turia a su paso por Valencia y que tantas muertes ha ahorrado en la reciente catástrofe, la susodicha, en lugar de decir una ‘obra realizada en tiempos de Franco’, la llamó “una obra franquista”. Pa matarla.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...