Aficionado, apasionado, subyugado por las ciencias físicas en general y por la astrofísica en particular, he llegado a conocer como la palma de mi mano la superficie de Marte: valles, ríos, montañas, cráteres y por ahí seguido. En busca de un rastro de vida marciana, me he visto todos los documentales habidos y por haber. (Bueno, la verdad es que, salvo los pases inverosímiles de Modric, apenas veo otra cosa.) Por eso me ha impresionado tanto que uno de los puntos cardinales (cinco, según Maduro) de la recién nacida administración Trump, sea llevar personal de nuestra especie al planeta vecino, que de vecino no tiene nada: 54,6 millones de km. no son para mandar a un niño a un recado: “Que me ha dicho mi madre que si tiene usted un poco de perejil”, un suponer. Total, que la promesa de don Trump me ha entusiasmado. Kennedy dijo lo mismo sobre la Luna y, aunque él no llegase a ser testigo, Nixon recogería los frutos. De entonces acá, los avances tecnológicos han sido tan impresionantes, que no exagero si digo que llevar humanos a Marte, es más ‘seguro’ hoy que lo fuera lo de Armstrong y Aldrin. Cualquier aficionado sabe que el ordenador del móvil que lleva usted consigo tiene más capacidad que el que sirvió para la misión Apolo XI.
En efecto, son tan grandiosos los avances tecnológicos de que se dispone en la actualidad, que luego de una interminable, laboriosa y costosa gestación (catorce países, EEUU a la cabeza), en 2021 fue puesto en órbita la mayor obra de ingeniería creada por el ser humano, el telescopio James Webb, que recibe ese nombre en honor de un administrador de la NASA. Es tan potente su poder de resolución, que, ha proporcionado imágenes de galaxias que nacieron hace más de 13.000 millones de años, que a saber dónde andarán hoy.
Lo dicho sobre el telescopio se puede aplicar, c por b, a otra grandiosa catedral de la ciencia, construida también en suelo estadounidense, el LIGO, iniciales en inglés del observatorio de ondas gravitatorias, de las que su ‘inventor’, Einstein, quién si no, dijo que jamás se comprobaría su existencia.
Corolario: si a los avances tecnológicos que se implementaron para la construcción del telescopio de infrarrojos, así como para conseguir el milagro del LIGO, le añadimos la imparable carrera de la Inteligencia Artificial (será la mayor revolución/convulsión en la historia de la humanidad, según Stephen Hawking), lo de poner a un propio en el suelo de Marte está chupao.
Y aquí viene lo bueno. Cómo es posible que un país con el poderío tecnológico de los EEUU sea incapaz de prevenir/combatir la ola de incendios forestales que vienen asolando los aledaños de Los Ángeles. A ese país le pasa algo raro.
En resumen: que si Trump hace realidad su promesa de llevar humanos a Marte, le perdonaré que en un mitin se pusiera a bailar de esa manera tan ridícula, mientras los médicos atendían a un infartado. Lo prometo.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...