Lo aprendimos en la escuela: “Líneas paralelas son aquéllas que por mucho que se prolonguen nunca se encuentran”. Eso es lo que le pasa al personal mayoritario -mayoritario he dicho- y a los millones de indocumentados que se dedican a la cosa de la política (son millones, cuéntenlos): que cada uno va por su camino. Lo de indocumentados se decía mucho en mis tiempos para definir a un don nadie: “Ése es un indocumentado”. Cela, el gran Cela, los llamaba de otra manera: “Los políticos son personajes de tercera”.
Digan lo que digan los opinadores profesionales (otros que tal bailan: les parece que la ciudadanía no hace otra cosa que estar pendiente de lo que dicen), les iba diciendo que la inmensa mayoría de los mortales, ustedes perdonen, van por su línea y los actores de la política por la suya, de modo y manera que excepcionalmente se encuentran: el día de las elecciones, y pare usted de contar. ¿Cómo se explica, si no, que mientras los políticos están permanentemente enfrascados en una guerra de guerrillas -“¡y tú más!”, “¡eso lo serás tú!”, etc.- no haya un sitio para sentarse en una terraza, ni un metro de playa donde clavar la sombrilla?
Me tengo por una persona suficientemente informada -pregúntenme lo que quieran-, información que me proporciona la radio y la lectura de tres o cuatro periódicos: para comparar, mayormente. Pues bien, el otro día, mientras comía en soledad, me entero por la tele (la veo mucho: apagada) de que hay una ministra que se llama algo así como Aserejé, titular a la sazón de un departamento del que apenas tenía barruntos: para la Transición ‘Ginecológica’ y no sé qué más. Si eso me pasa a mí, pensé, ni te quiero contar cómo andarán las legiones de paisanos a los que lo único que les preocupa son los fichajes del Madrid, del Barça, del Atlético y por ahí seguido. ¿Qué no? Me apuesto cincuenta euros a que la atronadora mayoría de españoles sólo conocen del gobierno a Pedro Sánchez, que lo quiere todo el mundo, y a un par de ministros como mucho: a Ábalos, que ya ni es ministro ni na (lo conocen por la Jesi) y a Yolanda, por lo bien que se expresa: qué verbo, qué oratoria, qué elocuencia.
Fíjense si tengo razón en que cada cual va por su lado, que incluso cuando la eta mataba casi a diario, “por razones políticas”, claro, malditos sean por siempre jamás, la actividad social continuó como si tal cosa. Verbigracia: los equipos vascos continuaron jugando la liga como si no hubiese habido un tiro en la nuca reciente. Y ya, para rematar mi argumentación, quisiera recordarles lo que cuenta Julián Marías, el hombre de más categoría moral que me he encontrado. Dice el gran maestro que, hasta bien avanzada la guerra, los madrileños siguieron haciendo su vida, que incluso acudían a cines y teatros. ¿Hay alguna muestra más clara de la disyunción política/sociedad?
-Pero cómo quiere usted que esté pendiente de Pedro Sánchez, estando ahí Bellingan. O Lamine Yamal. ¡Ah, y Morante!
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...