¿Quién se acuerda ya de los recientes y devastadores incendios? Los damnificados solamente. Y yo. ¿Qué medio de comunicación habla ya de ellos? Ninguno. Sin embargo, las graves consecuencias están ahí y perdurarán durante años. De aquí estas reflexiones.
Raro es el verano que no dice el periódico que las llamas están ya a las puertas de Atenas. Pues bien, será por razones culturales (por razones culturales entró Grecia en el euro), será por razones sentimentales -uno ha tenido la la suerte de visitar varias veces los ‘santos’ lugares-, lo cierto y verdad es que cada vez que me topo con la noticia de que los incendios están asediando la acrópolis, ese asombroso tesoro, fruto, si no de la vid, sí del talento del hombre, me llevo un disgusto de tres pares de epiplones, con sus correspondientes transcavidades (a la wikipedia).
Total, que cuando llega el gran disgusto, siempre me hago la misma pregunta: ¿cómo es posible que la Unión Europea, el más selecto club que haya sido inventado, no haya dispuesto ya la creación de un organismo encargado de combatir los incendios, al menos los que ponen en peligro los lugares más emblemáticos de nuestra historia. Miedo me da pensar qué sería de la cultura minoica, si hubiese un gran incendio en la isla de Creta, Apolo no lo quiera.
He empezado de manera dramatiforme, hablando del asedio de las llamas a los templos de la cultura, con el fin de sensibilizar al personal ante los incendios de otros templos: los de la madre naturaleza. Como recordarán, no ha muchos días vimos un convoy de vehículos antiincendios procedentes de Alemania, que acudieron en nuestra ayuda, si bien un poquito tarde, ay, pues que las llamas ya habían arrasado miles de hectáreas de bosque. No me olvido, claro es, de la ayuda que en más de una ocasión se han prestado mutuamente España y Portugal. Y aquí viene mi pregunta: ¿cómo es posible que, a estas alturas de la liga, la Unión Europea no haya auspiciado ya, si no la gestación de un ‘ejército’ para combatir los grandes incendios, al menos la creación de un centro de control que distribuya los recursos que cada país posee, por los países que están siendo abrasados: España hace cuatro días.
En resumidas cuentas: se trataría de algo parecido a lo que ya se viene haciendo en otro aspecto, la defensa: que sin existir un ejército europeo propiamente, un mando de la OTAN ordenó en su día que los más veloces aviones españoles surquen a diario los cielos bálticos con el fin de que ese canalla llamado Putin no se coma el territorio subyacente. ¿A que me están entendiendo?
Y hablando de aviones: ¿ustedes creen que el incendio de Jarilla se habría extendido hacia el valle del Jerte y hubiese enfilado hacia la provincia de Salamanca de haber colaborado en la extinción los hidroaviones de nuestros vecinos europeos, muertos de risa que estaban en los angares? Vamos anda.
Al menos me que la esperanza de que, a no tardar, un día de éstos me harán caso. De nada.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...