Cada uno cuenta la feria como le va y éste es el relato de la mía. Dos veces he viajado en trenes de mucha velocidad. La primera, entre Madrid y Zaragoza, un tren que no llegaba a AVE, un Alvia que no pasó de 200 Km/h. La sensación de poderío, comodidad y seguridad fue absoluta. La pena es que el viaje hubiéramos de hacerlo de madrugada (el entierro de mi tía era por la mañana), pues que, de haber sido el viaje de día, a esa velocidad, podríamos haber disfrutado del paisaje, que es una de las cosas que más me gustan cuando voy en tren o en autobús, aunque el viaje dure diez horas. La segunda vez fue entre Madrid y Barcelona, en un AVE pata negra. Ni que decir tiene que, al ser la primera vez, estábamos como niños con botas katiuscas nuevas. Entusiasta en grado sumo que soy de los avances de la técnica (Ortega no usó jamás la palabra tecnología, vocablo que podemos encontrar hoy en cualquier sopa), mi euforia fue creciendo al tiempo que lo hacía la velocidad de tan impresionan...
Artículos de opinión publicados por Agapito Gómez Villa