Me cabe el honor de haber sido la primera persona (del singular) que pidiera en su día (consúltese hemeroteca) el Nobel de la Paz o, en su defecto, el Princesa de Asturias de la Concordia para Gabriel Rufián, el muy acendrado independentista catalán, hijo de jienense y granadina, toma ya genealogía catalana, ese mocetón que va sembrando el amor y la amistad por donde quiera que pisa. Sin ir más lejos, el otro día en la tribuna del Congreso, llamó “defraudador, pedófilo y violador”, él sabrá por qué, a otro aspirante al Nobel de la Paz, Donald Trump, mezcla anaranjada, al 50%, entre Jesús Gil y Ruiz-Mateos. Por lo visto, el disgusto que se ha llevado don Trump con lo de su ‘congénere’ Gabriel, ha sido de padre y muy señor mío. No hay consuelo para él, me cuentan mis amigos norteamericanos, unos que conocí aquella vez que estuve hospedado al lado de las Torres Gemelas, hace treinta años, era junio y hacía mucho calor.
Volviendo a Gabriel, algunos me han dicho que cómo puedo pedir el Nobel de la Paz para un botarate semejante, gamberro de molde, impostor de reglamento, catalanista de almacén, oportunista de todo a cien, demagogo de feria. A lo cual yo contesto que el tiempo dará la razón a quien la tiene, yo, cuando los catalanistas patanegra lo corran a gorrazos por charnego y él siga poniendo la otra mejilla y repartiendo bendiciones por doquier, tal que hizo con Mazón: “Es usted un inútil, un mentiroso, un incapaz, un miserable, un homicida, un psicópata”. Si eso no merece más de un premio, que venga Dios y lo vea.
Pues bien, por si era poco lo de Rufián, cuando ya empezaba a amainar el disgusto (lo leí en García Márquez: “un problema de hoy, dentro de cuatro días es menos problema”), de sopetón, le llega como un bofetón otra noticia que lo deja transido. Se enteró por la versión digital de este periódico, al que es muy aficionado: un grupo del ayuntamiento de Cáceres propone nombrar persona “non grata” a Donald Trump. Hombre sensible donde los haya, a punto estuvo de darle algo. Con lo que él siente por Extremadura, en general, y por Cáceres en particular. Sumido quedó en la más absoluta tribulación. De nada ha valido para su consuelo que la propuesta de la ‘ingratitud’ cacereña no saliese adelante.
En otro orden de cosas, ¡maldición, ya caí en la trampa periodística!, algo parecido sucedió el otro día en el parlamento nacional. “Sumar y Podemos impiden la declaración en apoyo del pueblo iraní”. Madre mía, con lo que eso hubiese supuesto para los ciudadanos de aquel atribulado país, gobernado por unos curatos inmisericordes, barbados y medievales, pendientes que estaban sus ciudadanos del apoyo del pueblo español.
¿Que estos gestos, de condena o de apoyo, no dejan de ser un brindis al sol? Ustedes mismos. Como diría León Felipe, “Yo no sé muchas cosas, es verdad, Digo tan solo lo que he visto”.
Nobel para Rufián, ya.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...