En verdad, en verdad les digo que cuando esta mañana, viernes 2, me he puesto ante el teclado, no tenía ni barruntos sobre qué tema escribir, siempre bajo la premisa, claro es, de no aburrir al personal, que un escrito aburrido lo escribe cualquiera. (“No os aburráis nunca”, le decía a sus nietos la abuela francesa de don Ramón Carande, de donde el gran historiador deducía que su abuela era muy inteligente: por decir eso). En fin, que anduve dudando entre la tristísima noticia de la muerte a los 35 años de una nieta de J. F. Kennedy, la “maldición de los Kennedy”, le llaman: repleta de muertes, asesinatos y accidentes. Pero la descarté porque pensé que dos terceras partes de la población, como mínimo, desconocen quién fuera el tal Kennedy.
Después manejé la opción del juramento del cargo a cargo del nuevo alcalde de Nueva York: ¡ante El Corán! No iba a jurar ante La Biblia, llamándose Zhoran Mandani. La noticia no deja de ser sorprendente, por excepcional, acostumbrados que estamos, de siglos, a ver jurar ante La Biblia. Seguro estoy de que, más de un islamista se habrá sentido ‘molesto’ al ver a un mandatario jurar ante el libro de los judíos. Eso sucede por mezclar las churras con las merinas, la religión con el Estado, como si no hubiese existido la Revolución Francesa, aquel inacabable baño de sangre, ay; bonitos son los franceses, para que luego digan de los españoles, los historiadores cretinoides.
En España, el juramento de alcalde se hace ante la Constitución, como está mandado, que ya no es obligatorio hacerlo ante La Biblia y el Crucifijo, lo cual me parece un gran avance en el respeto a todas las creencias, incluso a los que somos epígonos de Stephen Hawking, que también ‘somos’ hijos de Dios. Abro paréntesis. Yo, de haber sido elegido alcalde, habría exigido la presencia de un libro: El Quijote. Ni Biblias, ni Coranes, ni Bhagavad Gita, ni gaitas. Cierro paréntesis.
Y por fin, cuando ya lo daba todo por perdido, encontré en un periódico el tema definitivo, determinante, icónico (lo de icónico no pega, pero lo he puesto para estar a la moda: el moderno periodismo lo dice a todas horas). Ya lo tengo, me dije. Me refiero a lo de Simeone, perdón, Pedro Pablo Simeone: no quiero que me echen del periódico, tal que sucede a todo periodista deportivo que se olvida del Pedro Pablo, o del Cholo. Simeone a secas se le llamaba cuando fuese futbolista. No se asusten: “El Cholo Simeone se enamoró de su actual esposa al verla salir del cuarto de baño de un restaurante”. Toma ya noticia impactante. “Te estaba esperando”, le dijo nada más verla salir. Y se fueron a vivir juntos. Es que los hay con suerte. Con el trabajo que nos costó a los demás. La moza está de muy buen ver, dicho sea de paso.
En resumidas cuentas: ni Kennedys, ni Coranes, ni Biblias, ni Mahabharatas, ni leches. ¡Simeone in love! Perdón, perdón: Pedro Pablo Simeone.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...