Cada uno cuenta la feria como le va y éste es el relato de la mía.
Dos veces he viajado en trenes de mucha velocidad. La primera, entre Madrid y Zaragoza, un tren que no llegaba a AVE, un Alvia que no pasó de 200 Km/h. La sensación de poderío, comodidad y seguridad fue absoluta. La pena es que el viaje hubiéramos de hacerlo de madrugada (el entierro de mi tía era por la mañana), pues que, de haber sido el viaje de día, a esa velocidad, podríamos haber disfrutado del paisaje, que es una de las cosas que más me gustan cuando voy en tren o en autobús, aunque el viaje dure diez horas.
La segunda vez fue entre Madrid y Barcelona, en un AVE pata negra. Ni que decir tiene que, al ser la primera vez, estábamos como niños con botas katiuscas nuevas. Entusiasta en grado sumo que soy de los avances de la técnica (Ortega no usó jamás la palabra tecnología, vocablo que podemos encontrar hoy en cualquier sopa), mi euforia fue creciendo al tiempo que lo hacía la velocidad de tan impresionante maquinaria. Mi afán era ver aparecer en los números verdes de la pantalla, eran verdes, el mítico 300. Incluso se pudo ver a ratos un 325, lo cual no me hizo muy feliz (está desapareciendo la palabra contento), pues que -lo juro por mis nietos-, aquellas celeridades fueron acompañas de una cierta sensación de inseguridad: tenía el temor de que aquello se iba a desarmar de un momento a otro. Les aseguro que esto último no está influido por los ‘temblores’ de los que tanto se ha hablado a tenor de la inmensa tragedia ferroviaria acaecida recién. Tengo testigos: más de uno me ha escuchado decir que con 200 ya iríamos bien servidos. Tantas prisas ni tanta leche.
Sí, ya sé que tengo la batalla perdida, que no más allá del final de esta década, ya lo verán, los 300 por hora serán 500, pues que los avances tecnológicos (que me perdone Ortega) van que vuelan, dicho en román paladino, o en progresión geométrica, en román matemático. Optimista congénito que soy (los hay pesimistas del mismo género) estoy seguro de que, cuando lleguen los 500, no volveré a sentir la inseguridad que me produjeron los 300, pues que ya habrán desaparecido los temblores y traqueteos de los trenes actuales, achacables, según cuentan expertos, al deficiente mantenimiento de las vías, causa al parecer de la horrenda tragedia que acabamos de vivir.
Si esto último fuera verdad, el deficiente mantenimiento y todo eso, ya sería razón suficiente para que los responsables estuviesen a la sombra una veintena de años, como mínimo. Pero si además fuese cierto lo que se cuenta, que el acero de los raíles es el más barato que venden los chinos, yo sería el primero en pedir para los responsables lo que desease para Esperanza Aguirre aquella ministra tan finita que hubo, Magdalena Álvarez, Maleni para los amigos: “Me gustaría verla colgada de la catenaria”.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...
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