Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños.
¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento.
Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos tenía la ‘enclenque’ criatura, la cual, como tuviera facilidad para los idiomas, como todos los de aquellas tierras eslavas, de susodicha estancia en España le quedó la capacidad, si no de hablar el español de modo fluido, sí al menos de leerlo. Lo cual que un día, enfrascada que estaba en el Quijote, el de Trapiello, claro, sabiendo el cariño que su marido le tiene a todo lo hispano (suprimió el español de la Web, apenas llegado a la Casablanca, primer mandato), va y le dice: “My darling, tienes que leer a Cervantes; ya verás cómo te gusta”. Total, que luego de mucho insistir, una madrugada ya a punto de dormirse, mister Donald se encuentra con el siguiente párrafo, en inglés, claro: “Ya te he dicho, Sancho, que, cuando faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca, o el de Sobradisa, que te vendrán como anillo al dedo, y más que, por ser en tierra firme, te debes más alegrar”.
Amigo mío, en mala hora lo leyese. No pegó ojo en toda la noche. Aparecer Dinamarca y pensar en Groenlandia fue todo uno. Ahí tienen ustedes la muy verdadera explicación. “Chercher la femme”, dicen los franceses. Un paréntesis: varias veces había uno pasado por el párrafo cervantino en cuestión y jamás había reparado en lo de Dinamarca. El que quiera comprobarlo, que acuda al capítulo X de la primera parte del Quijote. Cierro paréntesis.
Ni que decir tiene que Trump es un personaje al que no se le pone nada por delante. A mucha gente no le ha gustado nada lo que ha hecho con el pobre Maduro, tan aficionado a encarcelar disidentes: que se ha llevado por delante el Derecho Internacional y todo eso que se dice. Y yo me pregunto: ¿cuántos de los que así opinan habrían visto con malos ojos que un comando norteamericano hubiese hecho lo propio con Franco, tiempos en los que, recién acabada la guerra, los presos se contaban por miles, que se ponían todos a temblar cada mañana, cuando empezaba la lectura de los ‘nombres’ que no volvían a ver? Lo cuenta Julián Marías en sus memorias de cuando estuvo preso en un colegio (más de mil personas hacinadas), calle Santa Engracia, Madrid.
Ustedes mismos.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...