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De Manrique a Chiquito

20-3-2011



        Hay dos formas de tomarse lo de los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir, que escribiera Manrique, el hombre que le demostró a Manuel Vicent, que se puede pasar a la historia por un solo ‘artículo’, las “Coplas a la muerte de su padre” y tal. “¿Tú crees, Umbral, que se podrá quedar por esto?”. Una forma es descojonarse de risa: solamente a un loco, con armonía o sin ella, amigo Tamayo, se le puede ocurrir apropiarse de las aguas de un río que tiene cachos que trascurren fuera de su casa. Me refiero a la pretensión de la Junta de Andalucía con el Guadalquivir, que acaba de  darle un sopapo el Tribunal Constitucional, dándole la razón a Extremadura. Si hacen eso con las aguas fluviales, qué no harán en otros asuntos. Pa matarlos. La otra es decirles “hasta luego Lucas” (loor al gran Chiquito) y escaparse a las alturas, mirando hacia abajo sin ira, pero con infinito desprecio.

       Esta noche podrá verse la luna más grande en los últimos veinte años. Son cosas de la armonía (ahora sí) de los astros, que se conoce que le tienen cogido el gusto a la elipse, en detrimento de la circunferencia, con lo cual, hay temporadas en las que nuestro único satélite se nos acerca casi hasta las bardas del corral. He dicho único porque tenemos uno solo, y gracias. Gracias a que hace ya muchísimas semanas, un planeta loco chocó con el nuestro y le arrancó un buen pedazo: la luna. Con lo cual, los mares tienen mareas y son más bellas las noches: ¿se imaginan lo tétricas que serían las madrugadas si no existiera la luna? Miedo me da pensarlo. Ah, y los poetas tienen un motivo de inspiración; y los músicos también, Beethoven sin ir más lejos, que compuso una genialidad llamada “Claro de Luna”: “Cuando alguien toque bien esta pieza, romperá el piano”, dijo el portento.

    Pero, con todo y con eso, no crean que hemos tenido mucha suerte los terráqueos en ese aspecto. Epígono del gran Carl Sagan, lo he pensado en más de una ocasión, en verano mayormente: no me digan ustedes que no sería mucho más divertido el cielo con dos lunas, por lo menos. Yo no digo que tuviéramos cuatro, como Júpiter (las otras doce son una birria), pero al menos un par de ellas, como Marte. O dos soles, que por lo visto, el cielo está lleno de ‘sistemas binarios’, pero eso mejor ni pensarlo. Dice Stephen Hawking en su último libro, “El gran diseño” que pasaríamos mucho calor, y si a eso le sumamos lo del calentamiento global, esa tabarra, ‘apagamos y vamos’ (Radomir Antic dixit).

   Por cierto, hay que ver la que montaron los defensores de Dios (me pregunto qué sería de Dios sin esas personas que están dispuestas a matar por Él) con la afirmación del genial paralítico de que no es imprescindible la existencia de Dios para que exista el Universo. Aparte de un ‘antropoombliguismo’ peligroso, demuestran que son un poquito analfabetos: en ese libro, Hawking no dice nada nuevo que no haya dicho en sus publicaciones anteriores, “Historia del tiempo” y “Brevísima historia de tiempo”. Hay que rezar, sí, pero no está mal leer alguna cosita.

  Y qué hacemos con los que quieren apropiarse de los ríos. Esos, ni en pintura.

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