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Mis queridos maestros

7-9-11


   Esperanza Aguirre quiere que los profesores bajo su mando, Madrid y alrededores, impartan dos horas más de clase a la semana. Por la cosa de la crisis, ya me entienden. Y, claro está, el personal no está por la labor. “Se va a resentir la calidad de la enseñanza”, dicen los afectados por la medida. Débil argumento se me antoja, por un par de horas semanales. Ya estoy viendo a los profesores por los pasillos del centro, resoplando de agotamiento, limpiándose el sudor de la frente. Pero yo no quiero hablar de horas, sino del fondo del asunto, el más importante, a la larga, para la buena marcha del negocio social: la excelencia en la enseñanza. Es que un país con buena educación, siempre será un país próspero. O como reza el dicho: “donde no hay estudios, buena gana”. El caso es que el otro día escuché decir a un experto que en Finlandia, paradigma, según dicen, del bien hacer al respeto, una de las cosas que se cuida sobremanera es la calidad del profesorado. En resumidas cuentas: que del mismo modo que no todo el mundo está dotado para tratar a enfermos, por muy bien que se sepa la lección, no todo el personal está capacitado para impartir docencia, por más que haya aprobado la oposición. Y ahí es adonde yo quería llegar.

  Todos los españoles saben que guardo enorme cariño, respeto, agradecimiento, admiración a mis buenos maestros de la escuela, así como a mis buenos profesores, tanto del instituto como de la universidad. Del mismo modo, es público y notorio que sigo detestando con toda mi alma a los nefastos/infaustos profesores que me tocaron en suerte (en desgracia), alguno en el instituto, y lo que es más grave, más de uno en Salamanca. Jamás me podía yo imaginar que, en una universidad de tanto prestigio, me iba a topar con semejantes individuos impartiendo docencia. ¿Docencia, aquello? Vamos anda. ‘Escriberemos’, ‘deduceremos’ decía uno que nos daba matemáticas en primero (lo juro por mis nietos). ¿Y qué decir de los que trataban al alumnado como si fuéramos sus enemigos? Ah, si mi vida no hubiera dependido de una beca. Alguno habría  tenido que oír alguna cosita. Y que nadie piense que lo mío es resentimiento por los suspensos: acabé la carrera en los seis años reglamentarios.

  Total, que aprovechando que el río anda levemente embarbascado, sería menester dar un golpe de mano a la cosa. Yo no sé si la solución es la que propuso Rubalcaba (entre paréntesis: el hombre que mejor miente del mundo), un MIR para los docentes, o bien copiar lo de Finlandia, pero lo que no se puede consentir es que en las aulas entren profesores incapacitados para la labor, que una cosa es saberse la lección, ya se ha dicho, y otra muy distinta transmitir los saberes con destreza, con entrega, con ilusión. ¿Hace falta que les recuerde que un buen profesor convierte en atractiva la materia más árida, y viceversa? Por si acaso.

   Que sí, que ya sé que me he metido en un jardín peligroso. Que sí, que ya sé que los buenos profesores son mayoría. De acuerdo. Pero alguien tiene que ponerle el cascabel a los profesores incapacitados. Es que no se me olvida lo de Salamanca.

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