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Una boca prestada

17/10/2010




   El otro día, personal del Ministerio de la Presidencia llevó a cabo una ‘cata forense’ (joder con la expresioncita) en los osarios del Valle de los Caídos, en cata (ahora sí) de los restos de un puñado de anarquistas, fusilados cuando aquella desgraciada/desgarrada guerra que hubo. A mí me parece muy natural, señor León Cáceres, que los familiares quieran saber dónde yacen sus muertos. De haberme tocado, yo habría removido Roma en busca de Santiago, que así se llama mi padre. Por lo visto, la ‘cata’ se hizo “para comprobar el estado de conservación de las criptas y los osarios en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica”. Ahí quería yo llegar: al odioso y repugnante sesgo ideológico con que ha sido embarnecida dicha Ley. He dicho ‘odioso’ porque eso y no otra cosa es lo que ha conseguido, con su proverbial insensatez, sí, el árbol agostado, perdón, Zapatero: remover los odios entre los españoles, cosa que no le perdonaré en la vida; yo, que no tengo ningún muerto de la guerra civil.  

    Quién tuviera una boca prestada, me he dicho cada vez, tantas, que ha salido a relucir la malhadada “Memoria Histórica”. Pues mira por dónde, el otro día me topé con unas declaraciones que ni a pedir de boca, dichas, por un señor nada sospechoso de ser un facha, perdón, de derechas (los tontos las han convertido en sinónimas): “No se puede usar el pasado como hace Zapatero”, ¡Antonio Muñoz Molina dixit! Y esto otro: “No se puede hablar de la guerra civil como si los españoles estuviésemos divididos como entonces”. Antonio, para ti y para mí: gracias a que a la gente joven (de 50 p’abajo) lo del 36 le suena a medieval, si no, ese señor nos habría acercado de nuevo a aquel horrendo precipicio. Lo que yo te diga.

  He dicho que no tengo ningún muerto de aquella maldita guerra (mi abuelo Agapito murió por unas cosillas con la guardia civil, pero eso es otro cantar), lo que quiere decir que mi odio está por estrenar. Pero no sólo eso. Gracias a una extraordinaria persona, en todos los sentidos, sé bastante bien cómo fue aquella locura: con qué facilidad se mataba, a diestro y siniestro. Repito, señor ZP: a diestro y siniestro. De Julián Marías hablo, un hombre que, por su fidelidad a la República y por su lealtad a la inmensa bonhomía de un dirigente socialista, Besteiro, fue denunciado y encarcelado, y no fusilado de milagro, gracias a que entre sus defensores había uno ¡que había hecho la guerra en el bando contrario!, llamado Camilo José Cela,

 Ande, señor ZP, lea usted a Julián Marías y entérese de lo que pasó.  

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