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NO A UN TREN INDIGNO




    Nos sucedió en un céntrico hotel de Madrid, no recuerdo el nombre. Cuando mi santa y yo hubimos abierto la habitación que nos habían asignado, nos encontramos con una zahúrda: lo juro por mi conciencia y honor. ¡Cariñooooo!, ¿es verdad o nooooo? Sí, mi amoooor. Ipso facto, nos presentamos en la recepción y -qué cara nos verían- no hizo falta que abriésemos la boca: nos dieron una suite de las alturas. Es que estamos sin habitaciones, nos dijeron. En cuanto me vieron la pinta de “extremeño, cerrado de barba y de mollera” (Umbral dice que es de Quevedo, pero yo creo que es invención suya: para vengarse del día que le llamaron hijo de puta en Cáceres), les decía que cuando vieron los carnés, no se lo anduvieron pensando: la zahúrda para este par de pardillos. ¿Ustedes creen que se hubiesen atrevido a darle semejante cochinera a un vasco o a un catalán? Vamos anda. Pues eso es justamente lo que pasa con los trenes. Lo que yo les diga a ustedes.    
   No ha muchos meses, tuvo lugar la “gran marcha” hacia Madrid (la reciente fue pequeñita y la de Cáceres no cuenta), cuyo lema era “por un tren digno”. Bien, pues hasta en eso nos quedamos cortos, blandos, mansuetos, folclóricos. Para empezar, con un simple prefijo la cosa hubiese sigo distinta: “No a un tren indigno”. ¿A que hay diferencia? En efecto, trenes “dignos” los hay de varias categorías. Sin embargo, trenes “indignos” sólo los hay de una clase: los que circulan por Extremadura. Pero es que, además, el paso siguiente hubiese sido muy sencillo. En efecto, de la palabra “indigno” habría sido facilísimo pasar a la “indignación”, que fue lo que propició que a mi santa y a mí nos dieran una buena habitación. Hombre, yo no digo que haya que hacer lo que dice un amigo mío que fuese alto cargo de la Junta: “Tú quemas la estación de Cáceres y al día siguiente tienes el asunto arreglado”. Pero con un poquito menos de folclore nos hubiésemos conformado: un corte de carretera, unos neumáticos en ignición; en fin, esas cosas que se hacen por ahí. Lo de prender fuego a cada tren que se averíe, solucionaría el problema de inmediato, pero uno nunca ha sido partidario de la violencia. De qué sirvió la “gran marcha” madrileña de los coros y danzas. De nada, absolutamente de nada. Los trenes han seguido averiándose en mitad del campo un día sí y otro también. Hasta culminar con el frío y la oscuridad de la otra noche, flagrante humillación que mereció el triste honor de abrir los telediarios.
  Hablando de telediarios: lo que merecería salir en todas las televisiones del mundo es el vídeo casero que circula por las redes sociales, en el que cierto señor, gracias, buen hombre, nos muestra el lamentable, deplorable, peligrosísimo estado de conservación de la vía en las inmediaciones de Llerena: los tornillos sueltos, las traviesas podridas, la grava corrida y por ahí seguido. Lo milagroso es que el tren no haya descarrilado.
  En fin, que no sería injusto decir que tenemos lo que nos merecemos. Pero, ojo, toda la culpa no es del gobierno de España. De los trenes sí, pero de la carretera Cáceres-Badajoz, esa vergüenza regional, el culpable es… Yo sé quién es el culpable.

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