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NO FUE LA CONSTITUCIÓN

                NO FUE LA CONSTITUCIÓN

         Agapito Gómez Villa

   Sábado por la tarde. Escribo, como cada vez que vengo a Gredos (me gusta hollar los lugares donde se reunieran todos los años aquellos señores tan listos: Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Yela Granizo, Julián Marías y alguno más, por ver si se me pega algo), quería decirles que cada vez que vengo a este magnífico parador, escribo mi columna semanal en el "Salón de los Ponentes", que hasta mentira me parece estar en el lugar en donde se hiciera la Constitución del 78, que acaba de cumplir cuarenta añitos, tiempo en el que España ha dado un salto monumental: histórico, ahora sí que sí. A mi izquierda, la albura de la nieve; a mi derecha, la placa con los nombres de los llamados padres de la criatura. En fin.
   El caso es que, al cabo de cuatro décadas, uno se ha hecho lo suficientemente mayor para darse cuenta de una cosa: no fue la Constitución (la 'contitusión' dice Alfonso Guerra) lo que produjo el milagro, sino las ganas que tenían los españoles de olvidar el pasado y tirar hacia adelante. ¿A cuento de qué, si no, las Cortes franquistas se habrían disuelto voluntariamente? ¿A cuento de qué Santiago Carrillo habría aceptado la monarquía y la bandera bicolor? La imagen que resume todo aquello fue el día que la Pasionaria, Alberti y Carrillo, diputados electos, entraron en el Congreso, más alegres que unas castañuelas. A Carrillo siempre se le vio contento de su vuelta a España. A Alberti no digamos: "Estos italianos están muy bien, pero donde se ponga la alegría española..." Y la Pasionaria, qué les voy a contar: silencio que va a hablar Dolores, reunión multitudinaria de comunistas de bota de vino y pañuelo de cuatro nudos, Casa de Campo: y Dolores se arrancó con una zarzuela.
  Lo cual, que compara uno el espíritu de concordia de aquellos días, ¡Franco recién enterrado en el Valle de los Caídos!, con la crispación que vivimos cuarenta años después, y no me salen las cuentas, que el otro día me pilló un socialista por la calle y no me pegó dos hostias de milagro: sólo porque no le había gustado una cosa festivo-diletante que uno había escrito, sin intención ideológica alguna, ni el 'eso' que lo fundó.
  "Ni en mis peores sueños hubiera imaginado que llegaríamos a estar como estamos ahora", dijo recién el laureado Almodóvar. Se refería al déficit de libertad de expresión que según él padecemos, cosa con la que no estoy de acuerdo en absoluto: no creo que haya un país en el mundo en el que el insulto al Jefe del Estado salga más barato. Pues bien, ni en sus peores sueños habrían imaginado los ponentes que pergeñaron nuestra Carta Magna, que ahora estaríamos como estamos, no ya en la visión almodovariana de la cosa, sino en algo muchos más trascendental, dónde va a parar: la caótica y demencial deriva independentista de Cataluña, y lo que te rondaré morena.
  Lo dicho, no fue la Constitución lo que obró el milagro, sino el espíritu de concordia. Hoy, con las mismas premisas, el ambiente está cargado de electricidad estática. ¿Será casualidad que, según dicen malas lenguas, lo menos bueno de la Constitución corrió a cargo de los únicos 'padres' que aún permanecen vivos? Roca y Herrero de Miñón.
 
 

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