Las únicas alegrías que nos dan los medios de comunicación son las victorias de Nadal. Bueno, y cuando la selección ganó el Mundial y el par de Eurocopas. O cuando el Madrid ganó las últimas Champion’s. Y pare usted de contar. Lo que pasa es que la última alegría es sólo para los que en un venturoso día de la infancia profesamos por el equipo de Zidanne (¡maldición: ya hablo como un periodista deportivo!): para los seguidores del Barça y del Atletico, los triunfos del Madrid son una dolorosa amargura. Y no es que no haya motivos para noticias felices, que diría un futbolista hispanoamericano, que las hay, sino que una noticia alegre no es noticia. ¡Pero sí lo contrario!: de no ser por estas generosas lluvias, ya estarían los periódicos mostrándonos a diario los restos constructivos que en su día quedaron anegados bajo las aguas de un embalse, acompañado lo cual de algún titular parecido a éste: “Si no llueve pronto, peligran todas las cosechas”. Lo que nos hubiese hecho falta: pandemia y sequía. ¿Quid prodes? ¿A quién benefician esas yermas noticias, si no pueden influir en las nubes?
Hoy, lo lógico es que este periódico titulara a dos o tres columnas: “Benditas lluvias”. Pero, salvo que quieran boicotear este escrito, presiento que no lo harán. Con lo bien que le vendría al personal una noticia agradable en medio del páramo pandémico, única y perenne noticia, a falta de otra gran nevada. Pero para eso estoy yo aquí: benditas lluvias, sí. Sucede que, gracias a las sucesivas y suaves aguas caídas en los últimos meses (a pesar de que los meteorólogos nos tienen tirria: llueve como mucho la mitad de lo pronosticado), hasta los cerros rezuman agua, que incluso un menesteroso regato de mi lluviosa niñez, hoy parece un “aprendiz de río”, que dijera Quevedo del Manzanares. Sin embargo, no ha muchos días, la tele me puso en todos los morros el siguiente dato: los embalses españoles están al 52,2% de su capacidad. Y aquí es adonde yo quería llegar: empapadas ya las tierras, las lluvias recientes y las venideras irán todas a parar a los embalses, con lo cual, presenciaremos el milagro de ver llenarse los inmensos y numerosos pantanos de nuestra tierra, aspecto único en que el Estado ha sido generoso con Extremadura.
Y ya para acabar, el ‘pan’ vírico de cada día. “No busco, encuentro”, dicen que dijo Picasso. Es que a mí, con perdón, me sucede lo mismo. Anoche, sin ir más lejos, me calcé los auriculares, y en un abrir y cerrar de ojos estaba en el Luna Park bonaerense, viendo a Joaquín Sabina. En esto que, al final de una de sus más bellas composiciones, conocedor de la letra, me adelanté sobrecogido: “Ahora que no hay vacunas, ni letanías”. Las letanías no sé cómo andarán, pero ¿quién coños le dijo a Joaquín hace veinte años lo de las vacunas?
Benditas lluvias. Y benditas vacunas (a ver si acaban de ‘llover’ de una vez).
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...