Ah, cuántas veces me acuerdo de los versos que hubiese compuesto el gran Rubén Darío, de haber vivido en esta época: “Meteorología, divino tesoro,/ qué cosas tenemos que ver./ Cuando tiene que llover no llueve,/ y a veces llueve sin querer”.
Contento me tienen los del tiempo. No ha muchos días dije que en Extremadura llueve como mucho la mitad de lo pronosticado. Un suponer: cuando predicen cuatro días de lluvia, siempre se quedan en dos, si acaso. De los intensos aguaceros, ni te hablo. ¿Hay derecho a eso, en una tierra en la que toda lluvia es agua de mayo? Dicho lo cual, y ante la reiteración de tanto error predictivo, ha llegado el momento de instar a la máxima autoridad autonómica a que tome cartas en el asunto. Creo que esta vez el problema no es tan arduo como el que en su día le planteé al señor Ibarra. Me explico.
Al señor Ibarra le solicité que, aprovechando su mucha mano en Madrid, transmitiese a Felipe González, muy escuchado en el orbe por entonces, que propiciase que la Asamblea General de la ONU estudiase la siguiente propuesta: que el Sol, que lleva toda la vida saliendo por el Este, empezase a salir algún milenio que otro por el Oeste. Es que estoy completamente persuadido de que, la media hora de adelanto solar que, desde tiempos inmemoriales, privilegia a mallorquines y catalanes, es la razón primordial de su mayor desarrollo respecto de la España del poniente. Dicho de otra manera: cuando los extremeños empezamos a desperezarnos, dichos señores llevan ya un buen rato laborando. ¿Me entienden, verdad?
Aunque el señor Ibarra no se molestó en contestarme, sé de muy buena tinta que el asunto fue debatido en las más altas instancias planetarias, y que fue desechado por muy poderosas razones técnicas, a saber: que eso no hubiese sido difícil cuando la Tierra estaba inmóvil en el centro del universo (“por razones místicas”, según Aristóteles: qué vista la de este hombre). Habría bastado entonces con hacer lo que ya hicieran Josué y alguna que otra Virgen: que mandaron parar el Sol hasta que los buenos hubieran vencido a los malos. Pero desde que llegó Copérnico y resucitase lo ya ideado siglos atrás por Aristarco de Samos, es decir, que la Tierra va girando sobre sí misma en su camino anual alrededor del Sol, la cosa se presentaba chunga. Primero habría que frenar el giro, partiendo, claro es, de los casi 1.700 km/hora actuales, lo cual precisaría mucho tiempo y provocaría graves perturbaciones. Y una vez conseguido el parón, serían necesarias colosales, descomunales, energías para reiniciar la marcha en el sentido opuesto (bueno, pero al menos lo estudiaron).
¿Que adónde quiero ir a parar? Está claro: pido al señor Vara que exija a la Agencia Estatal de Meteorología el estricto cumplimiento de sus predicciones. Y si no, que se atengan a las consecuencias. No hay derecho al cachondeíto que se traen con Extremadura, ¡mujer, hombre!
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...