Fallece a los 99 años el Duque de Edimburgo, marido de la reina de Inglaterra, para entendernos (decir reina de Inglaterra es como decir que Felipe VI es rey de Andalucía). Casi un siglo, ya digo, sin dar un palo al agua, salvo cazar y descubrir placas conmemorativas: “soy el mejor descubridor de placas conmemorativas del mundo”. “Un rey sin corona”, dijeron la otra noche en la tele, una cursilería como la copa de un pino. Ni rey sin corona, ni leches. Príncipe del Reino Unido. Por el contrario, la esposa del rey británico sí lleva el título de reina. Cosas de una institución tan anacrónica, que hay que retorcerle el pescuezo a las leyes para hacerla digerible.
En lo que a España se refiere, no sé qué dice el ordenamiento, pero si la Constitución hubiese sido constitucional (igualdad de derechos entre hombre y mujer), Marichalar hubiese sido rey. No se rían. ¡Incluso Urdangarín! Vamos, como para orinar y no echar gota. O sea, que lo del Reino Unido nos hubiese venido pintiparado para, dado el caso, impedir el ‘reinado’ del par de insignes yernos de don Juan Carlos. Dicho lo cual, en evitación de semejante tesitura, yo no le habría otorgado el título real ni a consortes masculinos ni femeninos. Un ducado y basta. Bastante tenemos ya con vigilar al titular, con el exitoso resultado conocido en el caso del Emérito, para que encima tengamos que andar al cuidado del consorte. Menos mal que el par de reinas que nos han tocado son personas de orden. Doña Sofía, “una gran profesional”, como la definiera su suegro, don Juan, más fría que un témpano y de un elitismo imposible (conmigo que no cuente), pero tan conformista, paradójicamente, la pobre señora: en un viaje a Cáceres hubo que improvisarle a toda marcha un cuarto de baño nuevo en el palacio de Carvajal donde se hospedó. Doña Letizia, una periodista trabajadora y brillante, nieta de un taxista y encima guapísima. Con un solo lunarcillo, ay: era divorciada, lo que obligó a don Felipe a plantar sus reales atributos encima de la mesa, sirviéndole de camino en bandeja de plata a Jaime Peñafiel un filón inagotable para su vejez, tan graciosa. Me explico.
Corresponsal que fuese en Vietnam, en la Guerra de los Seis Días y en el Hola, don Jaime necesitaba un ‘problema’ de envergadura que estuviese a su altura. ¿Qué mejor asunto que a atacar con saña a la reina de España? Lo intentó con doña Sofía, que lo ninguneó cuando le pidiese ayuda para una hija enferma. Pero le salió el tiro por la culata. ¿Y quién fue a ‘heredar’ las culpas? La sucesora, a la que zahiere sin misericordia cada semana. ¡Viva la reina joven!
¿Pero no habíamos quedado en que la monarquía es una institución anacrónica? Sí, pero mire usted: es que yo con el marido de doña Irene Montero no voy ni a misa de alba. Aunque me condene.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...