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LA INNOVACIÓN MONTERO

Gonzalo, Gonzala, González. Fernando, Fernanda, Fernández. Domingo, Dominga, Domínguez. Rodrigo, Rodriga, Rodríguez. Jimeno, Jimena, Jiménez. Martín, Martina, Martínez. Miguel, Miguela, Miguélez. Floro, Flora, Flórez. Benito, Benita, Benítez (El Cordobés). Álvaro, Álvara, Álvarez. Blanco, Blanca, Blázquez (por una letra no vamos a discutir). Nuño, Nuña, Núñez (doña Nuña, reina consorte de Asturias por su matrimonio con Ordoño I). Ordoño, Ordoña, Ordóñez (familia que se dedicaba al ordeño). Pues bien, va la guapa Irere, perdón, perdón, que los piropos son un signo de machismo asqueroso, decía que va la joven ministra de Igualdad y dice niño, niño, niñe; por lo cual le montan un pollo como quiera, y sólo porque le falta la ‘z’: si hubiese puesto níñez, seguro que no le hubiesen afeado su proceder… Marco, Marca, Márquez. Giraldo, Giralda, Giráldez. Mendo, Menda (el), Méndez. Cándido, Cándida, ¡Candidez! Sancho, Sancha, Sánchez. Bernardo, Bernarda, Bernáldez (otra letra). Rojo, Roja, ¡Rojez! Juan, Juana, Juanes (el gran cantante colombiano). Diego, Diega, Diéguez. Pablo, Paula, Paule. Cajero, Cajera, Cajérez (se le olvidó, creo yo). Y así podríamos seguir toda la mañana. …cuando lo único que ha hecho la buena muchacha es extender a todo el lenguaje una cosa que se viene haciendo con los nombres propios desde la noche del castellano, la lengua maravillosa que hablan y escriben, y de qué manera, los dioses: Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Bioy Casares, Borges, Ernesto Sábato, Cortázar, Pablo Neruda, García Márquez, Vargas Llosa y una interminable lista de genios de allende la mar océana, cuya enumeración no cabría en cien folios (no he mentado ni a Cervantes ni a Landero, para que los locos de atar no me acusen de españolista). Lanzada que estaba en su peroración, doña Montero hizo extensiva la costumbre antigua a los vocablos comunes: todos, todas, todes; escuchados, escuchadas, escuchades, hijo, hija, hije; uno, una, une (aquí hubiese venido bien la x, unex, con lo que hubiese integrado en el acervo coloquial a la Universidad de Extremadura). En fin, que si ustedes se fijan, la cosa no ha sido para tanto. Luego está lo otro. En el paso por el ministeriazgo, palabra que me acabo de inventar, todos los titulares quieren dejar su impronta para los restos, es decir, hacer algo que se recuerde con su nombre. Como ejemplo, la ‘huella’ más reciente: la Ley Celaá, tan controvertida. Estoy seguro de que, a falta de otras acciones más relevantes, eso es justamente lo que ha pretendido doña Irene: que lo suyo se recuerde, si no como una ley, al menos como una innovación lingüística: la Innovación Montero. No me digan que no es bonito, bonita, bonite. Dicho, dicha, diche, todo, toda, tode sobre la joven ministra, quisiera dedicarle unas líneas a otro personaje que anda por estos días en el ‘candelabro’, Miguel Bosé, cuya firma, como artista, me ponía de los nervios cuando antaño la veía entremezclada con las de los intelectuales firmantes de un manifiesto. Ah, cuán equivocado estaba yo. Hoy, ni Casa de Templanza ni leches. Es un extraordinario visionario.

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