Hay que ser lerdo/a en grado supino para urdir el traslado, de incógnito, a un hospital de Logroño, del jefe polisario más perseguido por el régimen marroquí (por la justicia española, también), no por ser un hermanito de la caridad, precisamente, pensando que no se iban a enterar los espías de Mohamed, bonitos son, provocando con ello la mayor crisis político-diplomática, reciente, entre Marruecos y España.
Pero hay cosas peores: la respuesta del país vecino.
Hay que ser un canalla sin escrúpulo alguno, para vaciar las escuelas de niños y enviarlos, “marcha verde infantil”, al otro lado de la frontera, con el señuelo de que “Juegan Ronaldo y Messi en Ceuta”. (Hoy, miles de padres andan locos por encontrar a sus hijos, antes de que sean repartidos por la península). Yo sé, gracias a don José Ortega, que las creencias son impermeables a la razón. Pero con todo y con eso, si yo fuera ciudadano marroquí, estaría abochornado por el suceso: de puertas adentro, claro; ¡cualquiera dice na a nadie!
Bien está, es un decir, que Hasán II organizase la “marcha verde” aquella por el Sahara, mientras Franco agonizaba entre tubos y goteros. Bien está, es un decir, que organicen otra marcha, esta vez de cayucos, rumbo a las Canarias, tal que sucediera no ha muchos meses: dos mil inmigrantes en cuatro días. Pero, amigos míos, empujar al agua a cuatro mil menores (los otros cuatro mil eran mayores), con el peligro de morir ahogados, me parece uno de los hechos más vergonzosos que me ha sido dado contemplar. Tan grave, que no me explico cómo las más altas instancias internacionales no han hecho aún una rotunda condena al respecto: ¿dónde coños está la ONU?, ¿dónde su hija, la UNICEF?, ¿dónde los Altísimos Tribunales para la Defensa y Protección de la Infancia? Y por si faltaba algo para el euro (o el dirham), va el presidente americano, Biden, y hace una declaración en apoyo de Marruecos, pero ni una palabrita, suave siquiera, acerca de la infamante acción que dicho país acaba de perpetrar (lo achacaremos al deterioro cognitivo que dicen ha empezado a padecer).
No se ponga usted así. Cómo no me voy a poner como una pantera, si todos los menores marroquíes, los que fueron expulsados y los mil que permanecen en Ceuta, son mis nietos. En verdad, en verdad, les digo que cuando a la mañana siguiente me fijé en las fotos, me pasó como a la cooperante de la Cruz Roja: “Se me cayó el puto alma a los pies” (sic) ¡Es que ‘vi’ a mis nietos (quince y diecisiete años): uno de Messi, el otro de Cristiano! A mí, como ven, no me da vergüenza alguna escribir la palabra nieto, al contrario que al poeta Jorge Guillén: “He pensado introducir la palabra nieto en un poema”. Son mis nietos, don Jorge: mis nietos.
(Última hora: el rey Mohamed VI, destrozado de dolor al enterarse de quecientos de jóvenes no quieren regresar a Marruecos. “Cría ojos y te sacarán los cuervos”, ha declarado. O algo así.)
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...