Sucedió la otra noche. En esto que, dándole al mando de la tele por ver si encontraba algo que aliviase un tanto mi maltrecha soledad, luego de atravesar ‘cadenas’ de basura, de súbito, voy y me quedo clavado: fue al escuchar la sobria voz de José María del Río (la de “El Cosmos”, del gran Carl Sagan) y, de fondo, la agradable dicción susurrante y anglófona del genio de la cosa, David Attenborough, el anciano más joven del mundo (va por los 95), presentando con su entusiasmo congénito una de esas cosas que te reconcilian con la vida. Lo dijo el más listo de la clase, Einstein, claro: “El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse, más le valdría estar muerto”. El entusiasmo lo pone don David, ya digo. De maravillarme, ya me encargo yo, y de qué manera.
Películas de “reclinatorio” llama el inteligentísimo J. L. Garci a las ‘películas de culto’. Lo cual que yo tengo un reclinatorio de cuando entonces (me lo traje de mi pueblo), que uso para ver las cosas extraordinarias: un suponer, los documentales de “Planeta Tierra”, grandiosa obra del mentado ‘naturalista’ británico. Así que, no bien habían pasado unos segundos, cuando ya estaba yo genuflexo, previamente santiguado, viendo los “Mundos acuáticos”: un recorrido por las plantas sumergidas del orbe todo, cuyas rareza y hermosura raya lo sobrenatural. ¿Que ya estoy con mis exageraciones? De eso ni hablar. El río más hermoso del mundo se llama “Caño Cristales” y está en Colombia. Cuando lo vean, comprobarán si exagero o no.
Pero no crean que se trata sólo de las maravillas que esconden los mundos vegetales sumergidos. No. A eso hay que añadirle el más riguroso tratamiento científico de la materia, que no deja de ser otra forma de belleza suprema, que ya lo dijo el sabio griego: “No hay nada comparable al conocimiento de la verdad”. Platón se llamaba. “Hay dos formas de vivir la vida: una, como si nada es un milagro; la otra, como si todo es un milagro” (El más Listo de la Clase). Imaginen cuál es la visión de mister Attenborough. Y la mía, con perdón. ¿No es acaso un milagro ver en vivo y en directo la emanación acuática del oxígeno producto de la fotosíntesis, ese regalo que el universo ha hecho al planeta Tierra, rayos solares mediante?
Cuando fuera emitido “El Planeta Milagroso”, aquel prodigio de la divulgación, dije en estas páginas que debería ser de obligada proyección en las aulas. Nadie me hizo caso, claro. Pues bien, ahora les digo que, si yo fuera enseñante, de una forma u otra me daría maña de que los “Mundos Acuáticos” fuese vista por mis alumnos. Aunque yo fuera el profesor de gimnasia. Algo parecido a lo de Unamuno (disculpas de nuevo), en cuyas
clases, de lo que menos se hablaba era de la disciplina de la que era catedrático: el griego.
(Perdonen que hoy no les hable de Garzón, ni de Rufián, y demás próceres patrios).
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...