“La mejor manera de guardar un secreto es esconderlo en un libro”, dijo Azaña, aquella desgracia que tuvimos. Pero para eso estamos aquí las ratas (de biblioteca, claro). Ejemplo: hay publicada, tiempo ha, una cosa de enorme trascendencia mediática, sobre un embajador de Zapatero, ahora en el candelero, que los miles de periodistas ni la han olido. Oiga, que Azaña escribía muy bien. Sí, claro: y Neruda era un dios de la poesía y al mismo tiempo un alfabeto funcional: no aprendió nunca a dividir, lo confiesa él mismo. Y lo que es peor: tiene ‘escondida’ en un libro una de las burradas más aberrantes que se puedan imaginar. Mucho mejor así, porque como se entere Garzón, “el granjero”, ya tenemos otra gorda liada. Tranquilos, señores ganaderos: el pobre Garzón no es analfabeto funcional como Neruda: es analfabeto integral y estoy seguro de que no va a leer a Neruda, ni mucho menos a este particular.
Atentos a la jugada: “Confieso que he vivido”, bellísima prosa, por otra parte, páginas dedicadas a Nazim Hikmet, poeta turco, represaliado, encarcelado, vejado, torturado: “Los campesinos son brutalmente perseguidos por los señores feudales. Nazim los veía llegar a la prisión, los veía cambiar por tabaco el pedazo de pan que les daban como única ración. Comenzaban a mirar el pasto del patio distraídamente. Luego con atención, casi con gula. Un buen día se llevaban unas briznas de hierba a la boca. Más tarde la arrancaban en manojos que devoraban apresuradamente. Por último, comían el pasto a cuatro pies como los caballos”.
En verdad, en verdad les digo que pocas veces he visto escondida en un libro insensatez tan supina. Al poeta turco hay que perdonarlo: fue sometido a tales vejaciones, que no me extraña nada que el hombre perdiera el oremus. Ahora bien, que Neruda se haga eco de ello (lo de cambiar el pan, ración única de comida, por tabaco, también se las trae), se me antoja de un infantilismo rayano en la deficiencia mental. A no ser que sea producto del sectarismo ideológico: comunistas ambos de carril. Lo que no me explico es cómo nadie se lo hizo ver nunca a don Pablo, con el fin de haberlo corregido en ediciones sucesivas. Que uno sepa, la cosa sigue igual, en cuyo caso, como alguien se lo haga llegar al ‘granjero’ comunista, el de la cruzada contra el consumo de carne española (él no lo va a leer, por supuesto), me veo pastando yerba dentro de cuatro días. Y con unos dolores de barriga impresionantes, si es que no reviento.
Mira que la solución era bien sencilla. Que Ricardo Neftalí le hubiese preguntado al profesor del bachillerato, tal que yo hiciera: “don Valentín, ¿por qué las personas no podemos comer yerba como los animales?” “Porque nos falta la ‘celulasa’, una enzima que tienen los animales para
degradar la celulosa”. Pues nada, los presos turcos se ponían moraos (de yerba).
Señor, Señor, que no se entere Garzón.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...