EL SENADO Y LOS 21.000 MILLONES
Agapito Gómez Villa
“El niño Jesús nació en el pesebre./ En el sitio menos pensado salta la liebre”. Mira que lleva uno leído sobre la II República, aquella ilusionante, apasionante y modernizante experiencia que acabaría en el más estrepitoso de los fracasos, ay. Por culpa de una veintena de indeseables politicastros, claro. Lo dice Cela, un genio de los grandes, además de escritor excepcional: “Veinte tíos son suficientes para poner un país patas arriba”. Les decía que habiendo leído uno lo suyo sobre la República, el otro día, hojeando/ojeando un libro de 3º de la ESO (de uno de mis nietos), en el apartado dedicado a los pormenores, más bien los ‘pormayores’, de la Constitución de 1931, me saltó a la cara esta liebre: “Desaparece el Senado: las Cortes eran unicamerales”. Toma ya.
En verdad, en verdad, les digo que jamás había uno reparado en algo tan relevante, si alguna vez lo leyere. Puñados de páginas lleva uno dedicadas a demostrar que el Senado es un lujo sobrante (no confundir con el “lucro cesante”) y resulta que la República ya me lo había dado resuelto. Reparen en que se dice: “Desaparece el Senado” (el ‘Senao’, según Felipe González). Lo que quiere decir que, habiendo existido previamente, alguna mente lúcida decidió que era innecesario. Supongo que por las mismas razones que yo arguyo: ¿para qué sirve el Senado? Para nada, absolutamente para nada. Bueno, perdón, para colocar a la recua de ‘soldados’ segundones de los distintos partidos (los ‘primerones’ van al Congreso, ¿o no?). Es que si al menos el ‘Senao’ saliera barato. Nos cuesta un ojo de la cara (y la yema del otro): sesenta millones tirados a la calle. Con lo bien que nos vendría ese dinero para la autovía Cáceres-Badajoz, que al paso que vamos, presiento que mis ojos no la van a transitar, ni aunque llegase a los 93 de mi padre (dentro de 22).
Oiga, pero eso no es nada en comparación con los 21.000 millones del ministerio de doña Irene Montero. Hombre, pero no es lo mismo: esos miles de millones tienen una enorme utilidad. Entre otras cosas, sirven para enseñarle a algunas mujeres dónde tienen el clítoris (‘clítorix’ escribe Juan Luis Cebrián en su novela “La Rusa”, y lo nombraron académico). O para hacer una trascendental Ley Trans, obra cumbre del moderno ‘derecho de gentes’. El que haya acabado en la papelera es cosa de los jueces, que son todos unos inicuos machistas irredentos. (A propósito de los 21.000 millones. Fuentes de todo crédito me informan que doña Irene, acostumbrada a las modestas cantidades del súper donde trabajase como dignísima cajera, pidió 21 millones, pero que una mano negra escribió en medio la palabra ‘mil’.)
Perdone, don Agapito, pero en lo referente a instituciones sobrantes, superfluas, redundantes, inservibles, se está usted olvidando de los parlamentos autonómicos. De eso ni hablar: los parlamentos autonómicos ni me los toque: son las luminarias de occidente. Las Escuelas de Salamanca del siglo XXI.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...