EL BAILE DE VINICIUS
Agapito Gómez Villa
No hay noticia medianamente significativa en el mundo de la que no se hagan eco los medios de comunicación españoles (el que no hayan dicho nada sobre la muerte de la reina de Inglaterra es una brutal excepción: dos semanas danzando el cadáver por ahí y ni tan siquiera unas mínimas imágenes del sepelio). Lo lógico es pensar que algo similar a lo nuestro sucederá en las televisiones de nuestro entorno, salvo lo de la reina muerta, claro. Pues no señor. Resulta que, tiempo ha, cogí la costumbre de conectar a diario con una cadena francesa, más que nada por mantener vivo el francés que aprendí cuando el bachillerato, así como alguna cadena inglesa, mayormente para que no se me muera el poco inglés que he logrado aprender en una docena de intentos. Y hete aquí que ni la cadena francesa ni la inglesa jamás se dignan en dedicar unas palabras a los probables más acuciantes que aquejan a nuestra patria. Un suponer, lo de Vinicius, asunto que viene ocupando gran parte de los espacios informativos nacionales. ¿Que qué es lo de Vinicius? Ahora mismo se lo cuento: Vinicius, el buen futbolista brasileño que corre con enorme alacridad la banda izquierda del Real Madrid, luego de un par de años lanzando de modo contumaz el balón a la grada (atemorizados estaban los de detrás de la portería), esta temporada le ha dado por marcar un gol cada dos partidos, goles que acostumbra a celebrar con un inocente bailecito propio de su tierra, lo que no ha sido bien recibido por los jugadores y seguidores adversarios, pues que, por lo visto, lo consideran ofensivo: no lo entiendo: eso algo que uno ha visto desde tiempos inmemoriales, a cargo de goleadores brasileños.
Sea como fuere, la cosa no ha quedado en lo del baile. El otro día, un puñado de hooligans del Atlético de Madrid le dieron la bienvenida al grito de “Vinicius eres un mono”. Y, claro es, se ha liado la marimorena. Cómo será la cosa que el gobierno de la nación ha evacuado un comunicado condenando los hechos. Hasta el mismísimo Pedro Sánchez, desde Nueva York, ha mediado en el asunto “con tristeza”. Ya digo, ni una palabra sobre el particular en las televisiones extranjeras, perdón, internacionales.
Llegados a este punto, con todos los respetos para las autoridades competentes, me veo obligado a echar mi cuarto a espadas: lo de los insultos racistas no se arregla con medidas disciplinarias, sino con tratamiento psiquiátrico. Un tío que llama mono a un futbolista negro, viene claramente descrito en el DSM-5 (consúltese wikipedia): diez pastillas cada ocho horas, para empezar.
Ni que decir tiene que las televisiones ‘internacionales’ tampoco han dicho ni pío acerca de las sabias palabras de doña Irene Montero, talentazo de mujer, sobre los niños y el sexo. Ni muchos menos sobre la negativa de las quince jugadoras de fútbol a acudir a la selección, si no echan al entrenador. Pa matarlos (a los medios internacionales).
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...
Comentarios