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GOBERNADORA SUPREMA

GOBERNADORA SUPREMA Agapito Gómez Villa Aunque los medios de comunicación españoles apenas le han dedicado escuetos segundos, qué vergüenza, a la noticia, les supongo al tanto de la muerte de la reina de Inglaterra. Digo que qué vergüenza, porque qué menos que haber emitido algún reportaje sobre tan importante suceso/deceso. Ya sabemos que lo de Gibraltar es una afrenta muy gorda, de acuerdo; pero la anciana finada no dejaba de ser una prima muy querida de nuestro rey Emeterio, perdón, Emérito, exiliado por un quítame allá esas pajas defraudatorias: por lo visto, a más de algunas cosillas relacionadas con las faldas (no escocesas precisamente), a don Juan Carlos siempre le gustaron más las perras que a un chivo la leche. Lástima de hombre, cubierto de gloria que anduviera, por su buen hacer cuando aquel prodigioso acontecimiento: la Santa Transición (Umbral, dixit), aquella milagrosa reconciliación entre españoles, que hoy quisieran cargarse algunos canallas, ahora sí, amigo Landero. Bueno, pero yo lo que quería era poner de relieve la mala suerte que ha tenido su Santidad (su Majestad le llamó Jesus Gil a Juan Pablo II) con la muerte de Isabel II. La buena mujer se ha ido a morir precisamente cuando el papa Francisco acaba de decir en Kazajistán, Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales, toma ya, que “con más mujeres en el centro de las decisiones y al frente de cargos con mayor responsabilidad, se evitarían decisiones que llevan a la muerte”, ay (el ay es mío). Encima, para más inri, Isabel II era la Gobernadora Suprema de la Iglesia Anglicana, casi nada, altísima dignidad que ahora será ostentada por un hombre, ay (también es mío). Que digo yo que, aprovechando la ocasión, me refiero a la muerte de la Gobernadora Suprema de una institución religiosa, bien podría su Santidad ir preparando los caminos femeninos del Señor. Me explico: va resultando ya como un poquito anacrónico el trato, humillante diría yo, que la Iglesia concede a la mujer. Es que no escarmientan. Trescientos años y medio tardaron en perdonar a Galileo, que se salvó de morir chamuscado gracias a su amistad de la niñez con el papa de entonces. Pues lo mismo le ha de suceder con lo de la mujer: se avergonzarán de haberla tenido postergada durante siglos. Todas las Constituciones del mundo civilizado consideran en absoluta igualdad a la mujer y al hombre (bueno, las mujeres son más guapas), es decir, con los mismos derechos y deberes. Pues bien, ahí tienen ustedes a la Iglesia, incapaz de poner el reloj de la historia en hora, o sea, la elevación de la mujer al orden sacerdotal. Y mientras tanto, el papa pidiendo que “se les confíen roles de responsabilidad mayor y se fomente su participación en la vida pública y política”. Total, que si yo fuese mujer, me declararía en rebeldía: apostataría, o como se diga. Por éstas. Por cierto, en la Iglesia anglicana ya hay alguna mujer obispa (ya sé que la verdadera es la nuestra, sin discusión).

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