El caso es que Txapote y otros cuantos terroristas más (léase canallas ejecutores de viles asesinatos) van a ver disminuidas sus condenas por un truco legal, que resulta que ni es truco ni es na: es el pago de Pedro Sánchez a los herederos de la eta, para seguir en el poder. ¿Que no? De nada ha servido que el Senado se haya opuesto a la medida, de donde se deduce una vez más que dicha cámara no vale para nada, lo que se dice absolutamente para nada, bueno, sí, para gastar 5.000 millones anuales, que bien vendrían para otros menesteres, y no para mantener a varios centenares de desoficiados. El tiempo ha demostrado que los santificados padres de la Constitución fueron unos inocentes pardillos, llenos de buenas intenciones, pero pardillos al fin y a la postre: ¿ah, la malhadada Ley Electoral y su privilegiado trato a los votos nacionalistas, más bien independentistas? Encima de una cosa la otra. Sé que sólo soy un simple opinador de provincias, pero la verdad es la verdad, la diga Agapitón, perdón, Agamenón, o la diga su porquero. No me importaría que alguien se atreviese a demostrarme lo contrario. Mientras no sea así, nadie me va a quitar de la cabeza lo que pienso sobre la Cámara Alta. Al parecer, Alta significa inservible (ahora parece que quieren ponerse las pilas).
A lo que vamos.
Más de uno recordará que en su día escribí en estas páginas -y no me desdigo- que si yo hubiese estado en el pellejo de cualquiera de los inquilinos de la Moncloa, perdón, Moncloa (me pierde la vulgaridad), le habría dicho a los etarras: “Si dejáis de matar, os pongo a todos en libertad, en cuanto pueda”. Es que llegó un momento en que los atentados de eta se me hicieron absolutamente insoportables: tanta sangrienta locura, tanto sufrimiento estéril. Ni que decir tiene que, en su momento, yo le hubiese contestado a Martín Prieto, aquel influyente periodista que hubo, lo mismo que le respondió Felipe González, cuando le comentó algo sobre el GAL y todo aquello tan feo, que le llamaban guerra sucia los periódicos, para diferenciarla, claro está, de la guerra limpia, que era la de la eta: “Cuando ellos dejen de matarnos a nosotros, dejaremos nosotros de matarlos a ellos”. Por supuesto que me acuerdo de cómo acabó aquello: con Felipe a punto de entrar en prisión, que le faltó el canto de un duro del bolsillo del ministro Barrionuevo (Rafael Vera era una témpano). Lo cierto y verdad es que no fuimos nada originales: a este respecto, ningún país del mundo tiene la hoja de servicios limpia, ninguno.
Volvamos al principio. Txapote saldrá en libertad dentro de cuatro días, decíamos al principio. Y yo estoy de acuerdo con el gobierno. Un tío que fue capaz de meterle dos tiros en la nuca a un chaval maniatado, Miguel Ángel Blanco se llamaba, por fuerza tiene que sufrir más en libertad que en la prisión. ¡Que se pudra en la calle, ese hijo de la perra de Satanás!
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...