La verdad, le tengo ley a doña Yolanda Díaz. Me fascina, además de su exultante melena, su oratoria: tan brillante, tan vibrante, tan elocuente, tan inteligible, tan comprensible, tan didáctica, vamos, que se le entiende ‘to’ a las mil maravillas. Por eso me ha dolido tanto el ninguneo que me acaba de inferir. Me ha robado, por la cara, mi tesis sobre las jornadas laborales. “Estamos escribiendo una nueva página en la historia de las conquistas sociales de España, que se estudiará en todas las universidades del mundo”, afirmó el otro día doña Yoly, dando un galernazo a su melena, cuando firmase la reducción de la semana laboral a 37,5 pírricas horas.
No hay derecho, doña Yoly. No hay derecho a que no haya dicho ni una sola palabra sobre este humilde articulista. Sé de muy buena tinta (Pelikan) que usted ha basado su reducción en un escrito mío en estas páginas, mayo, 2020, intitulado “Reinventarse”, en el que este particular profetizaba un cambio laboral, pero más “a pie de obra” que el suyo, dónde va a parar. Decía yo: “Cuando miro a los albañiles que tengo enfrente de mi casa no dejo de pensar que cada uno de ellos lleva un parado colgando/cobrando de sus espaldas. ¿Y no sería mucho más natural que el parado se bajase unas horitas de la chepa del currante y le echase una mano? ¡Pero cómo dice usted una cosa semejante! ‘Pos’ está muy claro: se disminuye el tiempo laboral a seis horas/día, con lo cual se necesitaría un incremento en la mano de obra. Hay precedentes más drásticos: en la Inglaterra de 1847, de las jornadas interminables, pasaron de golpe a las diez horas/día para mujeres y niños, que la gran conquista, ¡ocho horas!”, llegaría más tarde”.
Y más cosas.
Un suponer, lo de las “universidades de todo el mundo”. Eso también lo dije yo, aproximadamente, doña Yoly: “Seguro estoy, como Agapito que me llamo, que, más temprano que tarde, la historia acabará comiéndome en la mano”. Asimismo: “Si por los agoreros de antaño hubiera sido, los niños seguirían trabajando como animalitos, tal que sucediera en la Inglaterra del carbón. ¿Les parecía aquello bonito? Pues así se verá dentro de unas décadas la actual jornada de ocho horas. De camino, les cuento que existe un precedente asombroso, a saber: el primero que se atrevió con la cuestión fue un rey español, Felipe II, con su decreto de ocho horas de trabajo al día, extensible también a los indios de las Españas de Ultramar”. Toma ya.
Doña Yoly, ahí le brindo otra profecía: a la marcha que va la Inteligencia Artificial, dentro de cuatro días no habrá nadie en el andamio. ¿Que quién pagará los seguros sociales? Está claro: ¡los amos de los ciborgs! Al tiempo.
En resumen: el personal se tendrá que ir acostumbrando a vivir sin trabajar. “Recién llegado a París, Cortázar buscaba trabajos de dos o tres horas, que le dieran para vivir y escribir”. Pues algo parecido.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...