Medio siglo bien corrido ha pasado desde aquella noche que asistiésemos a la actuación de un jovencísimo Pablo Guerrero en el Gran Teatro de Cáceres (he escrito homenaje en el título para decir un motivo para decir que hoy lo que se lleva es un insoportable anglicismo, “tributo”, como si no fuese suficiente con los que pagamos a Hacienda). Aquel lejano encuentro lo he puesto en plural porque tal acontecimiento -fue un acontecimiento- me quedaría asociado para siempre a los cuatro amigos que, una vez acabado el acto, nos topásemos con el cantautor en el Paseo de Cánovas, que siempre será el Paseo de Cánovas: en mi vida he visto a nadie llamarlo Paseo de Calvo Sotelo.
No recuerdo bien si por entonces -no voy a levantarme ahora a mirarlo, que dijera Umbral- ya había sido compuesta su emblemática canción (icónica dice a todas horas la juventud periodística), que, por esas cosas que nadie conoce, se convertiría en el himno de la transición, “A cántaros”, claro es, toda de inolvidables versos lluviosos: “Tú y yo muchacha estamos hechos de nubes, pero quién nos ata, etc”. La que sí cantó aquella noche memorable fue la canción dedicada a un viejo, de la cual se me quedarían grabados para siempre estos versos: “Por una calle de Cáceres bajaba un viejo/ se refleja en la piedra el sol de enero”.
Se pueden imaginar la alegría que me llevé algunos años después cuando me enteré de la actuación de nuestro paisano en el Teatro Olympia de París, mítico templo en donde se consagraba todo cantautor, militante de la izquierda mayormente (por entonces uno era felipista-guerrista a tope).
En fin, que varias décadas después, un buen día me dijo mi amigo Paco Gutiérrez: “Te espero esta tarde en el Gran Café, que viene Pablo Guerrero y nos va a cantar algunas cosas”. Me lo presentó y aproveché para entregarle una copia del artículo que sobre él me fue publicado hacía ya tiempo en estas páginas. En verdad, en verdad les digo que la situación me decepcionó un poco, por no decir mucho. No me gustó ver al mítico Pablo ‘toreando’ en una plaza de tercera (una cafetería no era es el escenario ideal), rodeado de una treintena de personas que pasaban por allí. Es como si un día, Dios no lo quiera, me enterase de que Emilio de Justo, un suponer, torea en la feria de un pueblo de trescientos habitantes, por decir una cifra. No sé sí me entienden lo que quiero manifestarles. Bien, pues sigamos adelante.
Quién me iba a decir a mí aquella noche del paseo de Cánovas que me enteraría de la muerte de Pablo estando de viaje por Turquía, uno de los lugares de mayor densidad de historia por metro cuadrado que existen en el mundo, dicho sea de paso. Pues bien, salvando todos los imponderables de las circunstancias viajeras, no he querido dejar de rendir mi sincero homenaje a una persona cuyos versos declamados nos acompañaron en aquellos ilusionantes tiempos: “Que tiene que llover a cántaros” (léase cantando).
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...