LOS ONCE MANDAMIENTOS
Agapito Gómez Villa
Fue una de las grandes sorpresas encontradas en los manuscritos del Mar Muerto: no fueron diez, sino once, los mandamientos que Yahvé le encargó publicitar a Moisés. Lo que pasa es que el profeta, como no le cupieran ni en dos tablas, las Tablas de la Ley, tiró por la calle del medio y se cargó el último, el undécimo (el onceavo para Solana, aquel ministro de Cultura): “No crisparás a tu prójimo”, rezaba.
Pues eso, que como uno es de formación judeocristiana, a mucha honra, a pesar de que Yahvé gastaba muy malas pulgas (Juan Eslava Galán no me desmentirá), que yo no sé cómo le pudo salir un hijo tan bueno, les decía que no siendo yo muy ‘practicante’ que digamos, procura cumplir cuando menos con el undécimo: no contribuir a la crispación ambiental. Y más en una situación como la presente en que, por culpa de ‘gentita’ que nos ha tocado en el poder últimamente (‘gentita’ en mi pueblo es personal de medio pelo), el ambiente anda electrizado.
En efecto, a mí no me resultaría nada dificultoso añadir leña al fuego, pero no está el horno para bollos. Y menos desde que Abascal dijera que Pedro Sánchez acabará colgado por los pies, que no hacia falta llegar a eso, hombre: bastaría con encerrarlo varios días en una habitación en cuyas paredes estuviera escrito con letras grandes: “Nunca pactaré con Pablo Iglesias” y “Yo traeré a Puigdemont y lo pondré ante la Justicia”. Las llamas llegarían hasta el techo si yo dijera que Pedro Sánchez es un hombre de palabra, al que no le interesa nada. Los ojos me arrancarían. O si escribiera que Yolanda Díaz es sobrina carnal de Demóstenes por vía paterna. O que Puigdemont es una víctima de la represión española. O que los CDR que masacraron a golpes a los policías eran unos hermanitos de la caridad. O que Junqueras lo único que pretende es la “unión de los pueblos y de las tierras de España”. Pero no es ese mi talante ya digo.
En fin, que yo no he venido aquí a hablar de mi libro, sino de mi último invento (el anterior, la máquina para calcular la relación calidad/precio, mereció la medalla de Oro en el Salón Internacional de Paris). Se trata de un dispositivo para averiguar en qué lugar exacto del espectro político se encuentra cada partido y cada individuo dentro del mismo. Por ejemplo: el otro día, Bolaños situó a Cayetana, portavoz adjunta del PP, en la extrema derecha, o sea, en Vox. ¿Es eso justo? Pues para eso está mi invento. Otro ejemplo: ganadas y bien ganadas las elecciones argentinas por Javier Milei, Radio Nacional, qué lastima de cadena, no dejaba de nombrarle, una y otra vez, vergonzosamente, el líder ultraderechista, hasta que alguien le llamó la atención a quién fuera y pasaron a llamarle ultraliberal (sic). A propósito: ¿les parece bonito que hasta ahora, a Podemos, Sumemos, Restemos, Dividamos nunca se les ha llamado partidos de la ultraizquierda? Con mi invento, eso se acabó.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...