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Entradas

Julio Iglesias en Mérida

     No ha muchas horas, Julio Iglesias acaba de ‘oficiar’, inicio de su nueva gira mundial, en el teatro romano de Mérida, mítico/mágico lugar que siempre está a la altura de las circunstancias, o sea, muy por encima de las mismas, por muy grande que sea la estatura artística del oficiante, que no hay dios que no se sienta sobrecogido ante sus piedras: el miedo escénico del Bernabéu, que dijera Valdano, es como un partidillo en un patio de colegio al lado del que irradia el imponente recinto emeritense, por muy Margarita Xirgu que sea una, por muy Nuria Espert que una sea (léase Alberti).      Dicho lo cual, anteayer, en cuanto vi, portada de HOY, la foto de Julio en actitud orante/sonriente, tan propia de él, se me vinieron de súbito a las mientes dos momentos del cantante relacionados con Extremadura, glosadas que fueran en estas páginas por este particular. El primero, aquella vez, septiembre 1987, que, en busca de prestigio, acudió a mi pue...

El loby gay

       Antes de continuar, me gustaría aclarar, para los no iniciados, que loby no es lobo en inglés, con lo que alguno podría pensar, al leer el título, en un lobo homosexual, que seguro que más de uno andará por esas montañas, que la naturaleza da para eso y mucho más, mismamente el toro de lidia, que según un ganadero salmantino de reses bravas, veterinario a la sazón, el torazo de quinientos kilos, de turmas envidiables, utilizadas como viagra durante siglos, es más gay que un palomo cojo. Yo, claro está, me refiero a otro loby, el que ha sacado a relucir el papa Francisco: “Hay un loby gay en el Vaticano”.   A mí, la verdad, la noticia me sorprendió y no me sorprendió. ¿Que cómo es eso posible Lo aclaro: no me sorprendió la existencia del loby. Me sorprendió, y mucho, que el papa de Roma lo haya reconocido públicamente. Peliagudo asunto, vive Dios, de peligrosa lidia. Años le costó a la psiquiatría americana, el DSM de entonces (venga, a busc...

A Muñoz Molina

      Querido y admirado Antonio: te doy la enhorabuena y te pido perdón. Las dos cosas por lo mismo: la concesión del Príncipe de Asturias. El perdón es porque por mi culpa muy posiblemente ya no te concedan el Nobel, que expresamente pedí para ti en estas páginas hace escasos meses: “Como no me gusta que nadie me eche la pata, quiero ser el primero en pedir el Nobel para Muñoz Molina”. Seguro que los del Príncipe de Asturias, al leer lo mío, se habrán dicho: vamos a dárselo este año a Antonio, antes de que se nos adelanten los suecos. Luego, ya se sabe lo que pasa: que es muy difícil hacer el doblete, que dicen los del deporte, aunque excepciones la hay (Cela, Vargas Llosa y alguno más), y yo espero y deseo que tú seas una de ellas, que méritos no te faltan, o sea, te sobran. Contigo me está pasando como con Cela, que después de leerte, los demás me parecen unos simples aficionados, y yo ya no estoy para leer a aficionados. Ahora mismo, guiado por mi afán po...

El médico como escribiente

  Dec í amos ayer que, de no haber sido retrasada la edad geri á trica, la labor del m é dico de cabecera hubiera quedado reducida a extender los partes de baja y a recetar pa ñ ales y medias; bueno, y a rellenar informes de todos los colores: "que se me ha olvidado pasar lista en el paro y no me pagan el mes, si no dice usted que yo estaba enfermo tal d í a"; y como esa, cien. Parece un poco exagerado, pero no le anda lejos: el m é dico de cabecera es considerado, a todos los efectos, el escribiente de la sanidad: "eso, que se lo haga el m é dico de cabecera", se permite decir cualquiera, insisto, cualquiera.   Convaleciente mi hija en el Infanta, me dirig í a un despacho en busca del preceptivo parte de baja, y hete aqu í que un oficinista, zafio, encima, me espeta con zafiedad que para eso deb í a de acudir al m é dico de cabecera, que é l s ó lo me daba un papel como que hab í a sido operada. Treinta y tantos a ñ os de m é dico y es la primera vez qu...

Maestro a los diecisiete

  En esto que iba yo paseando con mi amigo Santiago, cuando de pronto me quedé de una pieza. Fue cuando me contó que a los diecisiete años, saliendo de los Cuatro Lugares, su padre lo llevó no a conocer el hielo, como al personaje de “Cien años de solidad”, sino a un ignoto pueblo de la sierra de los Ancares, parte leonesa, a tomar posesión como maestro interino. Mi estupefacción no fue por lo remoto del territorio, reducto último del lobo del Hombre y la Tierra, del gran Rodríguez de la Fuente, ni por que hubieran de hacer dos horas a caballo desde la estación del tren hasta el destino final, ni por que le dijeran, recién llegados, que las nevadas invernales dejaban al pueblo (poblado de chozas célticas más bien) sumido en el más absoluto aislamiento, ni tan siquiera por la corta edad de mi amigo Santiago, pues que en aquel tiempo, el hecho no era infrecuente: acabado el cuarto y reválida con catorce, le añadías los tres de magisterio, y a los diecisiete te podías plantar en l...

Una noche en la celda

   Lo dijera cierto ciudadano, al que un día se le fue la mano con uno daba la casualidad que era el alcalde del pueblo, cuando saliera de pasar una noche en prisión: “No se lo deseo ni a mi peor enemigo”. “Noventa minuti en el Bernabéu son molto longo” (no me hablen hoy del Bernabéu y sus postes, por favor), dijo Juanito, en su italiano mejorable. Imaginen cómo serán los ‘minuti’ de una primera y oscura noche entre rejas: “de piedra”, que dijera Aute de las horas. Nada que ver con la “Noche oscura” de San Juan de la Cruz, a pesar del parecido. Tengo escrito que la pena de prisión no supone el mismo castigo para todas las personas (les recuerdo que fui médico de la institución durante una década), pero la primera noche, ay, es la primera noche. Cómo será la cosa que para esos primeros días existe un protocolo de actuación para evitar el suicidio, riesgo que suele ser máximo en ese tiempo. Cuando la pesada chapa de la puerta se cierra por fuera con un cerrojo de tamañas dim...

Alfredo Landa y los críticos

      “Los críticos deben sufrir”, dice Pablo Neruda, poniéndome el asunto en refulgente bandeja de plata: les da un repaso que los deja tiritando, y mira que era hombre templado don Ricardo Eliecer Neftalí. Umbral también los pone guapos. Dice que los críticos sólo se leen la solapa del libro, y aprovecha la solapa para zaherirlos: la tienen puerca de fideos (las solapas de la chaqueta). Es el caso que yo empecé a ignorar a los críticos a propósito de una película, “Amanece que no es poco”, tiempos en los que los periódicos clasificaban la calidad de la obra con estrellitas, y mira tú por dónde, a referida cinta siempre le ponían un par de ellas, o sea, regular, aceptable, tirando a buena, siendo como es una obra maestra que cada día tiene más adeptos, a tal punto, que hoy, 24 años después de su estreno, existe un selecto y creciente club de admiradores de la misma: “Amanecistas” se llaman. Me llena de orgullo y satisfacción (de qué me sonará a mí esto) hab...