Si yo no soy la persona que, a kilómetros del País Vasco, ha vivido con más pesadumbre, tristeza, pena, la abominable ignominia etarra, le tiene que faltar el canto de un euro. Con esa premisa, me pueden imaginar asistiendo, como médico de urgencias, a las jovencísimas viudas (¡en ambas ocasiones estuve de guardia!), de los dos jovencísimos guardias civiles cacereños asesinados por la eta: a la primera, a punto de alumbramiento, acababan de comunicarle la muerte de su marido; la segunda, abrazada al periódico con su marido acribillado, venía de dejarlo en el cementerio.
Daría cualquier cosa por que esos canallas dejasen de matar, me dije muchas veces para mis adentros. Hasta que un buen día, Rubalcaba me tomó la delantera. En efecto, el señor ministro, dejando a la justicia con las posaderas al aire, mandó a un propio al bar Faisán, ermita de la extorsión terrorista, con el siguiente recado: ya estáis corriendo, que viene un juez de camino. Fue el precio a pagar para demostrarles a los canallas que el gobierno iba en serio. Mentira me parece que haga ya once años. Once años sin bombas; ni tiro en la nuca de Miguel Ángel Blanco, arrodillado y esposado; ni zulo espantoso de Ortega Lara.
De entonces a acá, ha sido tal la celeridad de los acontecimientos, que hoy tenemos como socios del gobierno de España, que se dice pronto, a los ‘etarras de paisano’, a la cabeza de los cuales está Otegui, terrorista que fuera de marca mayor. ¿A qué precio? No haría ni falta especificarlo: la libertad de los cientos de etarras que aún permanecen en prisión, dadas las largas condenas que merecieron sus horrendos crímenes. ¿Y cómo se pone en libertad a unos tíos a los que les restan decenas de años de cárcel, sin que hayan mostrado el mínimo arrepentimiento? Muy sencillo: previo acercamiento de los a cárceles próximas a las Vascongadas (anteayer mismo, los asesinos de Ernest Lluch), el paso siguiente acaba de ser dado: la transferencia de las prisiones al gobierno de Euskadi (¡igual que en Cataluña!), con lo cual, ya tenemos la pista de despegue despejada: dentro de cuatro días, el tercer grado; a las cuatro semanas, la libertad condicional; y en cuatro meses, ‘presoak kalera’: todos los presos a la calle (a todo hay quien gane: en 2011, los judíos pusieron en libertad a más de mil prisioneros palestinos, a cambio de un solo soldado judío).
Oiga, pero eso es una lacerante humillación para las víctimas y sus deudos. Dice usted gran verdad. Pero me remito, con perdón, a lo arriba expuesto: “daría cualquier cosa con tal de que esos canallas dejasen de matar”. Ya dejaron de matar.
¿Es que no va a decir nada sobre las tarifas eléctricas? Sí, claro. A ‘Rasputín’ Redondo le debe de parecer que somos todos gilipollas. Como si España no tuviese problemas más importantes. Por si fuera poco lo de Cataluña y Vascongadas, ahora Marruecos. Además de la pandemia, claro (¡y del gobierno!).
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...