No ha muchos días nos dejaba para siempre un hombre excepcional: bueno, sencillo, amable, ingenioso, educado, respetuoso, paciente, culto,... Si alguien con esas virtudes no es una persona excepcional, que venga Dios y lo vea. De Jesús Galavís Reyes estoy hablando. ¿El que escribía cosas tan ingeniosas en este periódico? El mismo. No conozco a nadie que concitase elogios tan unánimes como Jesús. Si acaso, mi adorado colega, Manuel Encinas, de quien heredé a Jesús como paciente, y como amigo, lo cual no tiene ningún mérito: Jesús era amigo de todo el que se ponía a tiro. Aquí no vendría mal lo de Alberto Cortés, cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, y todo eso. Pero yo creo que el espacio vacío es el que su falta deja en sus familiares más próximos. Los demás lo rellenamos con los recuerdos, que en el caso de Jesús no pueden ser más gratificantes.
No puedo hablar de Jesús como profesor de historia, porque nunca asistí a sus clases, pero no me extrañó nada cuando me enteré de que sus alumnos lo adoraban. Tampoco voy a hablar de su actividad como articulista: los lectores de este periódico saben de su visión absolutamente ‘original’ de todos los temas que trataba, en los que se traslucía su talento y sus muchos conocimientos, expuestos siempre con la sencillez y naturalidad que le eran consustanciales. De lo que sí puedo hablar, que para eso estoy aquí, es de su extraordinaria categoría personal. Se dice de siempre que a las personas se las conoce en las situaciones difíciles, que de fiesta todos somos estupendos. ¿Hay alguna situación más difícil que saberse afecto de una enfermedad que ‘estadísticamente’ conduce a la muerte? Pues bien, a lo largo de cuarenta y cinco años de ejercicio he podido comprobar que hay un escaso grupo de personas (la “inmensa minoría” de J. R. Jiménez) que en esas crudas, desgarradoras, horrendas, atroces circunstancias, son capaces de mantener la compostura, la cordura, la entereza. Jesús Galavís.
Y sin más que decirte, se despide con un fuerte abrazo tu ‘primo’ Agapito (es que así nos tratábamos).
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...