Hoy domingo, mientras usted lee estas líneas, están teniendo lugar las catalanas (lo dicen los de la radio: las catalanas, las vascas, las europeas…), quiero decir las elecciones al parlamento de Cataluña, claro es. Pues bien, no hay una vez que salga el asunto catalán a relucir que no haya alguien que diga: “Que se vayan de una p… vez”. Yo contesto siempre lo mismo: “Y qué hacemos con esa mitad de la población que quiere seguir siendo española”. Ése es el problema. Que se lo pregunten, si no, a Javier Cercas, que luego de casi seis décadas siendo vecino del lugar, está viviendo un verdadero calvario: basta con leer sus artículos recientes, rezumantes de pesadumbre, tristeza y decepción.
Lo cual, que si no fuera por ellos, por los catalanes que quieren seguir siendo españoles, la alegría por la independencia de Cataluña, perdón, Catalunya, sería mucho más grande que el sentimiento, dónde va a parar. Es que lo del independentismo ha llegado a límites de insoportable hartazgo. Se han dado maña de que el resto de España veamos el problema con los peores ojos. Hasta Alfonso Guerra lo dijo (consúltese hemeroteca) en entrevista no muy lejana: “Si el referéndum se hiciera en toda España, posiblemente habría sorpresas”, acabó afirmando con toda su dentadura asimétrica. Uno cree que la sorpresa no sería tan sorprendente: circula por ahí una encuesta que dice que una mayoría de españoles no puede ver a los independentistas ni en pintura, unos por unas razones, los otros por otras, los extremeños por todas.
Los extremeños por todas, sí. Desde la noche de los tiempos, cada vez que ha habido negociaciones entre el gobierno de España -¡sea cual haya sido su signo!- y los independentistas, catalanes o vascos, tanto da, han acabado saldándose de la misma manera: ¡marchando otra pila de millones! ¿Cuántos miles de millones llevan en los últimos cuarenta años? Incontables. Si es que son insaciables. Mientras tanto, nosotros, a dos velas. Cada vez que veo/voy por la carretera Cáceres-Badajoz, me paso todo el trayecto blasfemando contra todo lo que se mueve, a riesgo de condenarme, claro (no es cierto que no se pueda salir nunca del infierno; lo afirma Sabina: “lo sé porque he pasado más de una noche allí”). Con cualquier pellizco de las innúmeras partidas dinerarias que nos han costado los votos independentistas, desde hace siglos dicha carretera sería una dignísima autovía. Digo lo de dignísima porque no tendría por qué ser menos que el “tren digno” acuñado por los milanos bonitos.
Presiento que las cosas han llegado a tal extremo, que si Dios no lo remedia, esto no tiene remedio. En cuyo caso, nos tendremos que ir preparando para recibir al medio millón de extremeños que serán ‘expulsados’. Ah, cuánto me gustaría vivir hasta los 99. Para entonces, 2050, estoy seguro de que vascos y catalanes andarán dando la tabarra con el respectivo referéndum que les permita volver al redil español. Algo parecido a lo que ya empieza a cocerse en Eslovaquia.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...