Hoy, día de elecciones autonómicas, no va uno a escribir sobre el particular, claro: faltaría tiempo para que unos u otros me pusieran a caer de un burro, buena está la cosa. Me limitaré a poner de manifiesto el enorme parecido, físico, que hay entre el que fuera secular candidato, Ibarra, y su congénere del momento, Gallardo. Hasta la barba la tienen igualita.
O sea, que a otra cosa, mariposa.
Dijo en cierta ocasión la que fuera famosa periodista, Carmen Rigalt, que no tenía por costumbre escribir sobre asuntos personales. Eso procura uno, con alguna excepción: la de hoy.
La culpa fue de mi mecánico de cabecera, que en lugar de pedirme cita para la ITV privada, me citó en la pública. Y allí me presenté, dispuesto a pasar por las horcas caudinas (a la wikipedia). En esto que, cuando me disponía a entregar la documentación, alguien habló de tasas. ¡Maldición! Acostumbrado a la ITV privada, cómo iba yo a imaginarme que, a estas alturas de la liga, era necesario haber hecho el pago previamente. Lo malo fue cuando escuché hablar del modelo 50: “Tiene que ir al banco a pagar con el modelo 50, y cuando vuelva, tiene que esperar a que falle alguien”. A punto estuve de cortarme las venas. Lloviendo que estaba a mares, hube de bajar a la ciudad, no para comprar antorchas, como mi dilecto amigo, Basilio Peña, poeta excelso y gran médico, sino a enfrentarme al maldito modelo 50. ¡Hasta en la puñetera hora que he venido a este sitio!, mascullé mil veces. Con lo fácil que es la otra ITV, la privada, que llegas con tu tarjeta bancaria, o con el dinero en mano, y asunto resuelto.
Total, que fue una mañana de angina de pecho por culpa de la cutreidad (calidad de cutre) de una administración medieval. Cutre, sí: sois unos cutres. Ah, lo peor fue cuando me enteré de que podía haber hecho in situ la gestión, mediante una aplicación del móvil. ¡Pero nadie me dijo nada!
“Hacienda la cutre” titulé un artículo, tres décadas hará pronto. Fue el caso que, cuando ya se podía pagar con tarjeta en todas partes (¡yo mismo, en Londres!), hube de hacer un pago, peseta a peseta, en la delegación de Hacienda. Toma ya modernidad. Pues bien, se conoce que les debió de escocer lo de la cutreidad, porque al poco tiempo, ya se pudo usar la tarjeta en lugar tan sacrosanto. A propósito: no sé cómo andarán hoy las cosas, pero no ha muchos años, teniendo que apoquinar algo en el Catastro, me mandaron a perder dos horas a un banco, “y luego nos trae usted el justificante”. Pa matarlos.
Qué risas me entran cuando a los mandamases, de todo jaez, no se les cae de la boca el que “nosotros estamos para servir a los ciudadanos”. Querrá usted decir para cobrar de los ciudadanos, so demagogo.
A Dios pongo por testigo que jamás volveré a la ITV pública. Por el modelo 50 y por la falta de amabilidad, que tanto me afecta a las coronarias.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...