Lo conté en su día a tenor de lo de Rubiales y Jessi: si aquello hubiese sucedido en tiempos de Franco, personaje predilecto de Pedro Sánchez, dicho sea entre paréntesis, el del ‘piquito’ no se hubiera librado del talego. (Perdonen tan vanguardista jerga; es que me queda de cuando anduve de médico de la prisión de jóvenes de Cáceres.) Por entonces, lo de Rubiales no habría quedado en 11.000 euros. Ni loco. “Por un beso que le di en el puerto, me encuentro metido en esta prisión”, cantaba Manolo Escobar.
Pues bien, siendo grave lo del beso rubialesco, no tiene ni punto de comparación con lo que contó el otro día doña Yolanda Díaz: sin venir a cuento, va un periodista y le espeta a la cara un desagradable exabrupto: “Cada día estás más guapa”. “A mí, que soy vicepresidenta del gobierno”. Lo que no acabo de entender es por qué no sé fue directamente a presentar la denuncia.
Visto como anda el patio, seguro estoy de que al sinvergüenza del periodista le habrían caído algunos noches en el chabolo (talego es la prisión; chabolo es la celda). ¿Para tanto hubiera sido la cosa? Lo que yo te diga. Es que no se trata de una mujer cualquiera, estamos hablando de toda una autoridad del Estado, que, por las razones que sean, no viene acostumbrada a estas irrespetuosas lindezas. Sí a otras menos ofensivas, a saber: tiempos atrás, no anduvo pronunciando palabra cuando un influyente comunicador, que no quiere que le llamen periodista, día sí, día también, decía de ella que, antaño, en sus tiempos de candidata a las elecciones de su tierra galaica (cero votos en su pueblo), “tenía pinta de camionero bielorruso” (sic). Ni una palabra sobre el particular, insisto. Compárese con su llorosa queja del otro día. Pues yo, la verdad, no me he andado con chiquitas.
Contó una vez mi padre que, siendo yo pequeñito, mi madre decía ‘a ca noná’: “¡Cómo habré podido tener un niño tan guapo con lo fea que soy yo!” Cosas de madre. Salvo aquello (yo no tenía edad para recordarlo), se pueden contar con los dedos de una oreja (loor al Perich) las veces que una mujer me ha dicho guapo. Por algo será, claro. Pero mira tú por dónde, no ha muchas fechas, va una señora y me dice a bocajarro: “Adiós, guapo”. No me pude reprimir: “¡Eso lo serás tú!”, le contesté sin cantearme. A continuación, ni corto ni perezoso, me dirigí escopetado al juzgado de guardia. No hay derecho a que se rían de uno de esa manera: yo, que soy una autoridad regional (tengo la medalla de honor del colegio de médicos de Cáceres).
Post scriptum: yo creo que doña Yolanda no ha denunciado lo suyo porque serían tantos los condenados, que no cabrían en las cárceles. Y tendrían que poner en libertad a los autores de otros delitos sexuales: los violadores, un suponer; que por cierto, ya han empezado a beneficiarse de la ley ésa que perpetraron las amigas de doña Yolanda: Irene Montero y compañeras mártires, lumbreras todas de la cultura occidental.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...