Dijo una vez Manuel Vicent que por menos de 200.000 pesetas no levantaba ni una persiana. Se refería al valor de sus columnas periodísticas. De Vicent lo leo todo, bueno, más que leerlo, me lo bebo directamente (algún libro me lo he inyectado en vena). Digo yo que no debo de andar muy desencaminado en mi afición ‘vicentina’, cuando el escritor fue descubierto nada menos que por un tal Camilo José Cela (“patriarca de los prosistas en castellano”, según Pániker), cumpliéndose así el aserto de Jenófanes: “Para descubrir a un genio es preciso ser genio”. Me gusta tanto la prosa de Manuel Vicent, ingeniosa, sencilla, luminosa, que no me importa nada que, llevado por su sesgo comunista (aunque nunca perteneciese al partido), me mienta como un bellaco: afirma en uno de sus libros que Aznar (al que nunca pudo ver ni en pintura) mandó soldados a la guerra del Golfo (Bush hijo), cuando el que sí lo hizo fue Felipe González (Bush padre). Los de Josemari no salieron del barco-hospital.
En fin, que lo que yo quería decirles es que en el precio por artículo no nos parecemos en nada; ni en la calidad de la escritura, claro. Hay empero un aspecto en el que, salvando las insalvables distancias, nos parecemos un poquito, lo cual paso a glosarles con el perdón y el permiso de todos ustedes.
Tal que algunos sabrán, en más de una ocasión, un artículo de Manuel Vicent ha sido elegido para el comentario de texto en los exámenes de la selectividad: EBAU, EvAU o como se llame. Pues bien, el otro día, en un colegio de Cáceres, cierto profesor comentó en clase un artículo del HOY, cuyo autor es un tal Agapito Gómez Villa. Les mentiría si les dijera que la cosa no me llenó de “orgullo y satisfacción”, que hubiera dicho el ingenioso rey que hubimos, gran orador, además. La cosa tiene su precedente pacense, a saber: “Abuelo, me ha dicho un amigo que el otro día estuvieron hablando en clase –los Maristas- de un artículo tuyo”. Mismo orgullo, misma satisfacción.
Y comoquiera que no hay dos sin tres, tres décadas hará, un día me llamaron de un colegio de Mérida pidiéndome permiso para incluir un artículo mío en la revista del centro. Ni que decir tiene que les dije que lo consideraba un honor, un gran honor. Me enviaron un ejemplar de la publicación, que se lo enseño al primero que se pone a tiro, “lleno de orgullo y satisfacción”, claro es. No es para menos.
Y ya para acabar les confesaré una cosa. He escrito este artículo no para mirarme el ombligo (no me quedó demasiado bonito después de la cirugía), sino con una intención muy otra: para demostrarles a la ‘inmensa minoría’ (J. R. Jiménez) de individuos envenenados por la política, que se puede perfectamente admirar a un escritor con cuyo ideario estás en absoluto desacuerdo: ¡Neruda!, ¡Alberti!, ¡Hernández!, ¡Umbral!, ¡Vicent!...
Señores profesionales del sectarismo, va por ustedes.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...