Si no lo veo, no lo creo. Minutos después del ‘histórico’ suceso -golpecito sutil al balón, pie izquierdo, antes de lanzarlo con el derecho, seguido de la anulación del gol-, el ABC digital se atrevió a poner negro sobre blanco algo que algunos veníamos afirmando, tiempo ha: “Dios es del Madrid” (sic). Yo dejé de decirlo el día que echaron el cerrojo al Bernabéu para los eventos musicales, a causa del ruido enloquecedor en el entorno. Si Dios hubiera sido del Madrid, no habría consentido semejante desgracia, pensé. Pero no me disgusté.
No me disgusté, porque la última vez que estuve en el mítico estadio, juré no volver hasta que no se muriese, es un decir, el encargado de la megafonía. Qué necesidad hay de romperle los tímpanos al personal a la hora de dar las alineaciones. En mi vida he visto nada más estridente, hiriente, doliente, sí, duelen los oídos. Cuando se suscitó el cierre musical del recinto, me dije: si te revientan los oídos en un partido, qué será aguantar dos horas escuchando a Taylor Swift, por muy espectacular que sea la muchacha. Imagínense lo que debe de suponer eso mismo cuando vives en las inmediaciones y tienes que sufrirlo sin comerlo ni beberlo.
No sentí disgusto alguno, ya digo, pero me dio mucha pena, por Florentino mayormente, brillante ingeniero (magnífico profesor de matemáticas, me dice un coetáneo de estudios), empresario triunfante, además de presidente de la institución más prestigiosa del mundo, a pesar de Vinicius. A lo que se ve, no se puede estar en todo.
Con lo sencilla que es la solución. Creo haberlo referido aquí en su día, pero lo cuento de nuevo, al amparo de Albert Camus: “Todo está escrito, pero hay que recordarlo, porque a la gente se le olvida”. No hay espectáculo donde no suceda lo mismo con la megafonía: el asqueroso y estruendoso volumen de los cacharros. No se pueden imaginar lo que sufrí la noche en que “Triana” (su música me sigue fascinándome medio siglo después) actuase en mi pueblo, el Casar. Me pasé todo el tiempo mascullando improperios contra el individuo encargado del sonido, responsable único de tan insoportable agresión acústica. Con la ilusión que yo había acudido. Mismamente lo que sucede en el Bernabéu. Absolutamente seguro estoy de que, disminuyendo un poquito el sonido, sería suficiente para empezar a paliar las molestias a los vecinos, al menos. “¡Que no se oye!”. Calla, mujer. Cómo no se va a oír, si con el volumen ‘normal’ peligran los tabiques de la vecindad.
Aprovechando que la cosa va de ‘sonidos’: por culpa de la sarta de bobadas y grititos que expelen los comentaristas de los partidos, me quedé de una pieza cuando vi a Antonio Rudiger salir corriendo loco de entusiasmo nada más meter el balón: no me había enterado de que el penalti del ‘golpecito sutil’ había sido anulado. Es que veo los partidos sin sonido, claro.
(La verdad: después de lo de la otra noche, yo creo que Dios ha vuelto a ser del Madrid.)
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...