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APRENDE DE LA FRANCE

Acaban los franceses de sacar de prisión, como si tal, al marido de Carla Bruni, trigésimo presidente de la V República, casi na, y vamos nosotros y montamos un pollo nacional (en ciertos ambientes, claro: pregúntenle a los muchachos que van a toda leche con el furgón de reparto; o a los camareros; o a los albañiles) porque un ‘simple’ Fiscal General del Estado ha sido condenado por el Tribunal Supremo, no a pena de prisión ni cosa parecida, sino a inhabilitaciones, multas e indemnizaciones, o sea, fruslerías legales. “Primer Fiscal General condenado”, dicen los periódicos a toda plana para hacerse los importantes, que no le ponen las interjecciones de milagro. Pues yo les digo a todos ustedes que una sociedad no está verdaderamente madura hasta que un Jefe de Estado entra y sale de prisión sin que el andamiaje institucional haya sufrido el mínimo temblor. La France de Sarkosy, sin ir más lejos. Hay otra variante de lo anterior, la destitución, fórmula empleada por los norteamericanos con Nixon, televisada que fuera en directo, que yo no sé que será peor. ¿Y qué pasó? Nada, absolutamente nada: “A presidente depuesto, vicepresidente puesto”, que es la variante republicana de “A rey muerto, rey puesto”: lo que sucedió en España con don Juan Carlos. Con la diferencia de que aquí le llamamos abdicación, acompañada de esa cosa prehistórica e infumable, vergonzosa e inconstitucional: la inimputabilidad del rey. ¡Tu tía! (aquí, entre nosotros: pareciera que el constitucionalista intuyera que don Juan Carlos iba a liarla parda). Exceptuado lo del rey, ya digo -sí, ya sé que su actuación fue ejemplar cuando la transición- lo más próximo que hemos estado de los franceses fue cuando Felipe González, tan admirado, tan querido, tuviese que ir a declarar por los muertos de los GAL, que se libró del trullo gracias a que consiguieron que José Barrionuevo no se derrumbara, que a punto estuvo de cantar la Traviata. Total, que el ministro se comió el marrón y tuvo que atravesar uno a uno los rastrillos de la prisión de Guadalajara, acompañado de su implacable lugarteniente, Rafael Vera. Y mi Felipe, de rositas (Alfonso nunca se enteró de nada, el pobre). ¿Estamos o no estamos? Pues bien, una vez que nos hemos puesto de acuerdo en lo anterior, estoy en condiciones de decirles que me parece de una extrema gravedad que el presidente del gobierno haya dicho lo que ha dicho sobre la condena de ‘su’ fiscal: “Vamos a defender la soberanía popular frente a aquellos que se creen con la prerrogativa de tutelarla”. Me parece un ataque tan obsceno al Estado de Derecho, que si yo fuera juez, iba a por él hoy mismo. Que Alfonso Guerra lo dijera hace cuarenta años, con la democracia recién estrenada, es hasta cierto punto comprensible, pero decirlo a estas alturas de la liga, me parece radicalmente inadmisible, sí. A lo mejor es que está pensando en lo que le espera a su mujer, o a su hermano, o a él mismo. Lo más probable.

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