Hay un selecto grupo de periodistas, las estrellas de la cosa, que tienen el privilegio de dar primicias informativas, que siempre hubo categorías. Me acuerdo yo cómo se puso Juan Manuel Gozalo, aquel entusiasta y vociferante señor de los deportes, cuando una lejana mañana anunció “en rigurosa exclusiva” (lo repitió varias veces) el fichaje de Luis Aragonés por el Betis, lo juro por mis nietos. Por supuesto, que en esto de las exclusivas, los que se llevan la palma de la gloria son los que se enteran de las cosas de comer una semana antes que el Fiscal General del Estado: estoy del Fiscal General del Estado hasta la coronilla, con ese título tan largo. De ahora en adelante, el Fiscal del Estado, ¡a secas!, como en las películas del Oeste: Fiscal del Condado y punto.
A lo que vamos: uno, sin ser periodista, ni tu novio, ni tu amante, ya me perdí. Quería decirles que sin ser del oficio, uno también recibe informaciones privilegiadas, de influyentes amigos cuya identidad nunca desvelaré, claro, aunque me aspen (me crucifiquen en un aspa), cosa que en mi caso sería factible, pues que, al no tener el título de periodista, no podría acogerme a lo del secreto profesional y todo eso. Se ruega permanezcan atentos a la pantalla.
Todo el mundo sabe -no se habla de otra cosa- quiénes eran los que viajaban en el Peugeot de Sánchez, cuando anduvieran por toda España en busca de apoyos para llevar a Pedro a la secretaría general. Casualidades de la vida -¿o no?-, de los cuatro viajeros, uno acaba de salir de Soto del Real (antaño Chozas de la Sierra) y dos acaban de entrar (es como una jugada premeditada). Pedro es el único que se ha librado de la quema. El relato -¡horror, ya salió el relato!- del rosario de acusaciones que han llevado a prisión a la terna sería interminable. De ahí que todo el mundo se pregunte cómo es posible que Pedro no se enterase de nada.
Y aquí viene lo mío. Pedro Sánchez se enteró de algunas cosas. He tenido acceso a un documento del que el presidente no podrá librarse, salvo que diga como todos: que no se reconoce en la grabación (se oyen las voces de los cuatro a la vez), o que ha sido obra de la IA. Mi informador (de la UCO, claro) me ha dicho que ni IA ni leches (mando copia al periódico). Esto es lo que se escucha a la perfección: “Vamos de paseo, pi pi pi/ en un coche feo, pi pi pi/ pero no me importa pi pi pi/ porque llevo torta, pi pi pi”. Sabiendo que soy del Casar, mi informador me dice: “Te puedes imaginar de dónde era la torta”. Se la acababan de regalar.
Y hablando del rosario de acusaciones: Pedro Sánchez no negará que a la caída de la tarde, los cuatro rezaban, contritos, un rosario, tal que hacía un matrimonio, entre Cáceres y mi pueblo, tiempos de auto-stop.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...