LAS VACUNAS Y EL PALO AL AGUA
Agapito Gómez de la Villa
Dijo Pedro el Alto (nada que ver con Pedro el Grande) que en España se ha vacunado a todo el
mundo sin preguntar a quién votan. Con un par. Lo cual que de repente pensé que habría sido
más justo preguntar por el tiempo cotizado a la seguridad social (menores excluidos, claro), más
que nada por ponerles la cara colorada a la legión de chiquilicuatros (chiquilicuatres en catalán,
Esperanza) que viven del cuento, o sea, del bíblico sudor ajeno: ésos que nunca han dado un palo
al agua, y encima, parásitos indecentes que son, se pasan la vida exigiendo. Y protestando de
todo y por todo.
Lo del palo al agua me lleva de inmediato al símil que se usa en física para explicar cómo se
transmiten las ondas (electromagnéticas, sonoras, gravitatorias, etc), pero con una diferencia: en
física se pone como ejemplo la piedra arrojada a un estanque. Para el caso que nos ocupa, sirve
lo del palo perfectamente: si una persona no ha dado un palo al agua, su estanque permanecerá
como un cristal; por contra, si ha trabajado como un afroamericano, las olas habrán provocado
una tempestad. ¿Me van entendiendo, verdad?
Ondas gravitatorias. Son las que se producen en las grandes convulsiones cósmicas: la colisión
entre dos agujeros negros, un suponer, produce perturbaciones gravitatorias que se propagan por
todo el universo. Einstein -qué cerebro, Dios mío-, que fue el que las descubrió en la pizarra, dijo
que nunca se podría demostrar su existencia. Mas hete aquí que, un siglo más tarde, los físicos,
sumos sacerdotes de los saberes de la existencia, sí, llevaron a cabo el milagro: el 14/9/2016,
captaron las ondas emitidas por la fusión de dos agujeros negros, 1.300 millones de años atrás.
A cuento de qué todo esto. Ahora mismo voy.
Llevado por mi pasión por los conocimientos científicos, he tenido la suerte de hacer cierta
amistad con un joven físico español del LIGO (Observatorio de Interferometría Láser de ondas
Gravitatorias, Washington), al que, recién acabada la alocución de Sánchez, le hice esta
propuesta: usando vuestra tecnología, ¿se podría averiguar si una persona ha dado o no un palo
al agua? Por supuesto. Si fuimos capaces de atrapar la radiación cósmica de microondas,
emitidas hace 13.720 millones de años, y hace cuatro días las ondas gravitatorias, cómo no
vamos a captar las ondas provocadas por los palos al agua que ha dado un ser humano.
Mándame nombres.
Dicho y hecho. A la mañana siguiente, le envié nombres y apellidos de los miles de
conciudadanos que se dedican a la actividad política (nacionales, autonómicos, municipales). El
resultado no ha podido ser más demoledor. Increíble el número de los que no han dado un palo al
agua jamás; y no menos numeroso, asimismo, el grupo de los que más parece que hubiesen
golpeado el estanque con un junco. Por cierto, escasos son los palos que Pedro el Alto hubo dado
antes de ser presidente.
¡Ahora, vas y preguntas!
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...